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A pocos meses de terminar el año y con casi todos los puntos tachados en La Lista, tocaba el más importante y el que más miedo me daba. No era como hacerse un piercing o comprarse un billete a Londres. Había viajado antes y lo había hecho sola, al menos en parte, Pero esto era totalmente diferente

Siempre había querido hacer un voluntariado. Hacer algo que implicara un cambio en el mundo, ¡por pequeño que fuera! Mi granito de arena. Siempre me han encantado los animales, en especial los perros; así que, me puse a investigar por Internet sobre refugios y centros de rescate de perros donde pudiera ir a ayudar.

Empecé a leer artículos acerca del maltrato y el mercado de carne de perros en países como Tailandia y Vietnam hasta que di con Lanta Animal Welfare. Un centro de rescate de gatos y perros en la pequeña isla de Koh Lanta (Tailandia), donde buscaban un voluntario con experiencia en fotografía y montaje de video. ¡Yo era la candidata perfecta!

Envié un email al centro y en cuestión de dos semanas: ya teníamos las fechas acordadas, una lista de las vacunas que debía ponerme, los billetes de avión y firmaba mi contrato de renuncia con la compañía. Después de tres años viviendo en Praga, en octubre había dejado mi trabajo, mi piso, a Marta y la posibilidad de tener una relación sería con el belga. Con un visado y una maleta casi vacía, emprendí mi gran aventura a Tailandia.

Octubre fue un mes lleno de papeleos, de terminar contratos, de despedidas y de: «esta será la última vez que hagamos esto o aquello». Las últimas veces de muchas cosas para Marta y para mi, como pasear juntas por Praga, comer Trdelniks con Nutella en la plaza del reloj, de los domingos de tortitas en el Globe y de dormir en las que fueron nuestras habitaciones durante aquellos tres años en aquel piso en Vinohrady.

Marta fue algo más sentimental y yo presumí de que las despedidas no me afectaban, pero una vez me senté en el avión y este despegó se me hizo un nudo en la garganta. Vi la ciudad de Praga minimizarse en cientos puntitos de luz hasta desaparecer en la oscuridad de la noche y sentí un irrefrenable desea de llorar. Llorar de pena por las cientos de aventuras que dejaba atrás y llorar de alegría por las nuevas que estaban por llegar.

 

Diecisiete horas después, llegué a Tailandia con tres maletas, billetes checos imposibles de cambiar y Jet lag. Siguiente parada: Koh Lanta.

Recogí de nuevo todas mis cosas y, con mi maleta a cuestas, llamé a un tuk-tuk que me acercara a donde me iba a instalar defini-tivamente durante los próximos tres meses.

Mi nueva habitación se encontraba en el segundo piso de un pequeño complejo residencial en la parte de atrás del restaurante Time for Lime frente a la playa de Klong Dao. El restaurante era propiedad de Junie Kovacs, misma fundadora del centro de rescate: Lanta Animal Welfare.

compartía las zonas comunes con una familia tailan-desa: Máma, Pápa y Jackie. La cocina descubierta se encontraba en el centro, junto al patio y un pequeño huerto de hiervas y especias que Máma había improvisado con botellas vacias de agua. Un baño sencillo con un retrete sin cisterna y un balde con agua que pretendía ser la ducha. 

—Es perfecto —, me dije. 

Aquella era la oportunidad que necesitaba para salir por la puerta grande de mi zona de confort.

A parte de mi, se instalaron también otros voluntarios en la habitación junto a la mía en la segunda planta. Pero, a diferencia de mi, no se quedaron mucho tiempo. Algunas no habían soportado el intenso olor a salsa de pescado de la comida de Máma o el «pam, pam» de su cuchillo reventando ajos a las 6 de la mañana. Otros, simplemente, habían desaparecido de la noche a la mañana sin decir nada. De todos modos, los voluntarios se instalaban normalmente en los alojamientos del centro y sus estancias no solían durar más de un mes. Supongo que por eso el centro me asignó como tutora de una perrita llamada Cilla.

Cilla era una perra que había sido encontrada en la selva junto a sus cuatro cachorros. Abandonados, solos y hambrientos fueron rescatados por la clínica móvil de Lanta Animal Welfare y traídos al centro. Ahí se les curó, se les nutrió y se les dio un espacio seguro donde Cilla pudo amamantar a sus cachorros a los que llamaron: Snooky, Finley y Georgie.

Los cachorros crecieron sanos y fuertes y, cuando llegó el mo-mento, se decidió separarlos de su madre y colocarlos en un nuevo pack con otros perros con los que pudieran socializar y madurar.

 

Entonces, Cilla empezó a tener un comportamiento extraño que inquietaba a los demás perros en el centro. No era especialmente agresiva, pero se mostraba reacia cada vez que intentaban ponerle el arnés. Tiraba de la correa en los paseos y luego se volvía a inquietar cuando debía entrar en las áreas o en las cabinas de descanso.

El día que empezaba mi voluntariado en el centro fue el mismo día que, fundadora, empleados y otros voluntarios, decidieron que la situación era insostenible y que Cilla debía marcharse. La perra mostraba claramente indicios de estrés y no era feliz en el centro; por lo que optaron —por primera vez—, en instalarla en Time for Lime donde debería vivir bajo la supervisión de una voluntaria que la alimentara, la paseara y, en general, hiciera su estancia agradable. Aquella voluntaria fui yo y así fue como empezó nuestra historia. 

Desde que llegara a Tailandia, me había percatado de que los perros que se iban cruzando en mi camino se comportan de una forma diferente a cómo estaba acostumbrada. Eran libres. Al margen de que tuvieran un collar, actuaban como si no le pertenecieran a nadie más que a las calles que vagabundeaban o la playa en la que dormian. Y esa fue la primera impresión que tuve de Cilla la tarde que la trajeron a Time for Lime. 

Cilla se paseaba de aquí para allá, inspeccionando con cuidado y olisqueando todo cuando encontrara a la altura de su hocico. Me acerqué despacio a ella y le tendí mi mano para que la oliera dejándome después tocarla el lomo por una fracción de segundo. Sucedió lo contrario con Pápa y Jakie a quienes parecía tener terror.

Cilla se mostraba ansiosa siempre que la familia tailandesa estaba cerca, observaba sin cesar la verja de entrada esperando a un descuido para salir corriendo. No estaba equivocada cuando empecé a sospechar de Pápa.

Traté de convencerla a que subiera al piso de arriba y durmiera en mi habitación, pero con Cilla negándose a subir al piso de arriba y yo desconfiando de Pápa, pasé la noche durmiendo sentada en la silla de plástico de mi terraza desde donde podía controlarla. A la mañana siguiente me desperté a las 5 con el amanecer y las quejas de Máma probablemente porque Cilla le habría destrozado las plantas.

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Mi trabajo en el centro consistía en socializar con los perros. Hacer que se acostumbraran a mí y a la cámara. Leía acerca de sus historias y por qué estaban en el centro. Observaba, analizaba y definía sus personalidades para luego reflejarlas en mis fotos y videos. Debía ser la portavoz de los 56 perros de Lanta Animal Welfare y ayudarles así a tener una mayor visibilidad —no solo con los turistas que llegaban cada día al centro de visita—, sino en la web y en las redes sociales. Debía crear emociones con cada video que ayudara a promomer la dopcion del perro.

Pequé de sobervia al pensar que seria un trabajo sencillo. Al fin y al cabo, a escala más pequeña y con menos perros, ya lo había hecho antes en Praga. Pero los perros en Tailandia eran diferentes y, aunque muchos eran sociables y cariñosos, otros no lo eran tantoLa razón que había llevado a muchos de los perros a estar en el centro había sido el maltrato y/o el abandono por parte de los tailandeses de la isla. Muchos de los perros presentaban síntomas de trauma y la misión del centro era la de rehabilitarlos y encontrarles un nuevo hogar en la isla o en cualquier otra parte del mundo.

Cada día me levantaba a las 6 de la mañana, me ponía mi uniforme, bajaba a saludar a Cilla, le colocaba el arnés y la correa y salíamos a dar un paseo por la playa a hacer el primer pipí del día.

Regresábamos a casa, me lavaba los dientes, cogía mi mochila y le prometía que regresaría pronto. Conducía mi scoopy los 4,3 km hasta llegar al centro y ahí me preparaba una tostada con crema de cacahuete y un café con leche de soja. Otras veces, en cambio, hacia una parada previa al 7 Eleven y me compraba un bollo de mantequilla. Mientras me tomaba el café, encendía mi portátil, contestaba los últimos correos y organizaba mi agenda del día: las fotos pendientes por hacer o los videos aún por montar. Luego, me pasaba por el Área 6 y saludaba a mis perros favoritos: Snooky, Georgie, Lupin, Bonnie y Clyde. Sé que no debí tener favoritos, pero adoraba aquel pack.

Tenia una rutina ya establecida; aun así, las primeras semanas de adaptación no fueron fáciles y la diferencia horaria, además de la mala conexión de internet, no ayudaban a una comunicación fluida con el belga o mi familia. Y cuando parecía que la semana no podía ir peor, algo sucedió que me derrumbó por completo.

 

Mi jornada había terminado y, por primera vez, tenía mis dos días libres. 

—Debería tratar de mejorar mi relación con Cilla —pensaba de camino a casa—. Me la llevaré a la playa conmigo —decidí a regañadientes.

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Cuando llegué al restaurante, aparqué mi moto en la parte de atrás y abrí la verja que daba a mi casa esperando no encontrarme con Máma. No estaba de humor para rechazar su comida o explicarle con monosílabos y signos qué tal me había ido el día. En su lugar me encontré con Pápa quien, muy agitado, trataba de decirme que “mi perra” se había escapado. 

Salí corriendo a buscarla sin importarme cuando había sido ni qué tan lejos podía haber ido. Simplemente, debía encontrarla. Pápa seguía hablándome nervioso y agitado mientras me seguía calle abajo, pero Cilla le temía; así que, sabía que si quería encontrarla debíamos separarnos. Cogí la correa y le indiqué con la mano que buscara entre las chabolas vecinas. Yo iría a buscarla a la ruta que solíamos hacer cada mañana antes de mi turno en el centro. 

Continué bajando por el camino de tierra sorteando piedras y baches. Entonces, escuché algo agitarse entre los matorrales a mi derecha y fui a investigar, pero resultaron no ser más que las gallinas del vecino asustadas al oírme llegar. La angustia empezó a formar un nudo en mi garganta. Tenía que encontrarla. Giré a mi derecha para inspeccionar el descampado y, finalmente, la calle asfaltada que daba acceso a la playa y la parte frontal del restaurante. Ahí grité su nombre rogando porque no hubiera tomado la dirección opuesta hacia la carretera. 

—Por favor, por favor, por favor… ¡Cilla! —los ojos se me llenaron de lágrimas— Por favor, no te puedo perder. Una cabeza se asomó entre los matorrales con dos ojos fijos en mí—. ¡Cilla! ¡Ven aquí chica!

Cilla saltó los matorrales donde se había ocultado y corrió como una posesa hacia mí que ya tenía los brazos abiertos preparada para recibir el impacto. Caí al suelo y Cilla empujó su cabeza contra mi pecho mientras, con sus patas, trataba torpemente de subirse a mi regazo. Ambas lloramos tiradas en el suelo por el susto y la alegría de volver a vernos.

—¡Oh! Cilla, Cilla. Lo siento —dije y le besé el espacio entre sus ojos—. No pienso volver a perderte.

Desde aquel suceso, los días siguientes fueron pequeñas victorias a nuestra amistad que, sin querer, se fueron transformando en amor, respeto y un poco de dependencia mutua.

Una noche pude escuchar el sonido de sus uñas subiendo las escaleras. Me detuve y agudicé el oído sin poder creer que se tratara de ella. Esperé, sentada en el suelo de mi habitación, hasta que, una cabeza con orejas puntiagudas, se asomó por el marco de mi puerta.

—Hola, chica —dije en voz baja invitándola a entrar, pero Cilla se quedó inmóvil en el marco de la puerta unos segundos más. Esperé paciente hasta que poco a poco fue entrando, olisqueando la toalla que había tirado al suelo, el bote de crema solar, las sabanas de mi cama y, finalmente, a mí—. Pues… esta es mi habitación. ¿Te gusta? —le pregunté sonriente.

 

Cilla me observó detenidamente con la cabeza gacha y luego acercó su hocico a mi rodilla a la que le dio un pequeño lametón. Después volvió a salir de la habitación y se recostó en el suelo de la terraza frente a mi puerta. No entendí qué era diferente aquella noche, pero desde ese día, Cilla durmió ahí cada noche. Nunca dentro de mi habitación, pero lo suficientemente cerca. Éramos nuestro propio pack. 

Sin quererlo ni pretenderlo, Cilla y yo habíamos formado nuestro propio pack. Éramos dos involuntariamente inadaptadas. Ella en el centro y yo en la sociedad en general. Difícil de convivir o, simplemente, de encajar; encontramos en la otra el confort de quien nos entiende sin prejuicios
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Cilla fue sin duda la mejor parte de mi experiencia como voluntaria en Lanta Animal Welfare. Nos habíamos vuelto algo dependientes la uno de la otra. Quizá yo más de ella que al revés, pero estábamos acostumbradas a la presencia de la otra y llegué a pensar que sería siempre así, hasta el día que Junie me dijo que una mujer estaba interesada en conocerla. Su nombre era Daniella. Le presenté a Cilla y, después de aquel encuentro, Daniela vino a verla todas las tardes de aquella semana y, el último día, firmó los papeles de su adopción.

Los días siguientes transcurrieron tranquilamente en el centro y en el restaurante. Me despertaba por la mañana, desayunaba y sacaba de paseo a Cilla. Condicía mi scoopy hasta el centro, me preparaba un café con leche de soja y, mientras mis nuevos videos se renderizaban, iba a saludar a los cachorros del área 6. Al finalizar mi turno, iba a la playa, tomaba el sol, leía o escribía en mi diario. Finalmente, por la noche —y según el hambre que tuviera—, iba al mercado a comprar Pad Thai o al resturante al lado de casa donde pedía curry verde y me entretenía viendo las telenovelas locales en su televisión. Los fines de semana, encargaba rollitos de primavera en Yawees y me colaba en la piscina de un Resort. Luego regresaba a casa, pero no sin antes pasarme por el 7 Eleven y comprar un par de bollos de mantequilla: uno para mi y otro para Cilla. Hacía una colada, limpiaba mi habitación y zurcía los agujeros de mis camisetas viejas. Me sentaba en la terraza y, con Cilla a mi lado, veíamos «Friends» por enésima vez.

La vida en la isla era sencilla y no necesitaba nada más. Años atrás no lo hubiera creído, pero había aprendido a valorar la vida sencilla de una habitación de 10 metros cuadrados, sin ducha, los pies siempre sucios y sin maquillaje ni ropa a la moda. Me di cuenta que cuanto menos tenía, menos me preocupaba por cosas banales del día a día. La vida era tranquila y sencilla.

Una noche, fui al mercado a comprar brochetas de tofu y un zumo de sandía. Me senté en la terraza y preparé en Netflix el siguiente capítulo de «Friends». Mientras dejé el capítulo descargarse, mi móvil se iluminó. Tenía un email de la coordinadora de adopciones. Cilla se marchaba.

Llevaba una semana adiestrando a Cilla a que se acostumbrara a la cabina de viaje hasta que entraba en ella por si sola. Cilla estaba más que preparada para viajar, pero aquel mensaje llegó cinco días antes de lo previsto y yo no estaba lista para decirle adiós y lloré. Lloré como no había hecho desde que llegara a la isla. Abracé a Cilla, aun sabiendo que no le gustaría y le acaricié las patitas hasta que fui capaz de decirla:

—Si estas van a ser nuestras últimas horas juntas, debemos hacer que sea especial.

Me subí a mi moto y conduje dirección al 7 Eleven donde compré dos pastelitos de mantequilla más. Quince minutos después, estábamos de nuevo sentadas en el suelo de mi terraza compartiendo un pastelito de mantequilla.

Aquella noche fue especial en muchos sentidos pues sucedió algo que nunca antes había pasado en nuestros dos meses y 8 días viviendo juntas. Ya agotadas y con sueño, me despedí de Cilla en la terraza, pero antes de que pudiera cerrar la puerta de mi habitación, ésta entró dentro y se deslizó debajo de mi cama.

Cilla durmió debajo de mi cama toda la noche y, aunque ese gesto me conmoviera y me hiciera volver a entrar en un bucle de mocos y lágrimas, agradecí que se hubiera guardado aquel As en la manga hasta el final.

 

El gran truco final de Cilla y yo era su única espectadora.

 

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A mi cuarto y último mes, empezó a crecer en mí un sentimiento que no existia antes: ansiedad. Estaba preparada para volver a casa. Aun así quedaban muchas cosas por hacer en el centro y quería aprovechar cada día de los que me quedaban en la isla.

Terminé todos los videos que me propuse e hice todas las fotos que me quedaban pendientes. Tuve algunas reuniones con Junie para determinar los últimos detalles de la página web y me pude manos a la obra para dejarlo todo preparado para la siguiente que ocupara mi lugar como coordinadora visual de LAW.

El día que tuve libre, cogí mi Scoopy, llené el tanque de gasolina y conduge 22 km y medio de norte a sur de la isla para visitar el faro y tomar el sol en las playas Bamboo y Nui. Visité el mercado de Old Town al este de isla y compré todo aquello que me gustó en los pequeños comercios locales, sin pensar en cómo los iba a llevar luego en la moto. Y cuando llegó la última semana de mi aventura en Koh Lanta, me di mis últimos masajes, bebí mis últimos zumos de sandía en el mercado, me colé por última vez en la piscina del Resort y comí mis últimos rollitos de primavera y massaman curry en Yawees. 

El último día en el centro al terminamos nuestros turnos, Junie, mis compañeras y yo fuimos a buscar a Snooky, Clyde, Peru, Jasmine y Tinkerbell y fuimos a Secret Beach con mantas y cerveza para ver juntas mi última puesta de sol en la isla. El atardecer número 91.

Cuando regresé a casa, hice las maletas, me maldije a mi misma por comprar tantos souvenirs que hacían que me pasara del peso limite, limpié la habitación, le di un detalle de agradecimiento a Máma y regresé las llaves de mi Scoopy. 

Aquella noche escribí en mi diario:

«Después de estos tres meses en la isla solo puedo pensar en todos los motivos que me han traído aquí y todos las razones por las que sé que estoy lista para volver.

Quería viajar lejos. ¡Muy lejos! A una cultura, gente paisajes, idioma y costumbres completamente diferentes. Salir de mi zona de confort, en parte, para demostrarme a mi misma que era capaz de hacerlo y, en otra, para descubrir quién soy realmente. Dicen que a veces necesitas perderte para luego encontrarte. Resulta que yo ya lo sabía. ¡Ya me había encontrado! No lo sabía cuando llegué, pero tenía todas las respuestas en mi cabeza y necesité irme lejos y perderme en una isla para reafirmarme. Ver las cosas con perspectiva.

Esta soy yo: la no tan «tiquismiquis» que puede vivir tres meses con duchas frias y los pies siempre sucios, aunque siempre temeré a las arañas. La rarita que se sienta en la esquina de una mesa y se sumerge en sus propios pensamientos. La que prefiere 91 puestas de sol que salir de discotecas. La que saluda al perro antes que al dueño. Ya nada puede asustarme pues nunca antes había visto la vida tan nítida ni tenido las ideas tan claras. Y aunque siga tomando las decisiones equivocadas, sabré corregirme. Y aunque me siga cayendo, sabré levantarme. Porque, ¡esta soy yo!». 

 

NOTAS EN EL DIARIO

28 de febrero de 2019 – Aeropuerto de Krabi 

 

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