PICT0352.JPG
PICT0333.JPG

Con los nuevos años y las nuevas vivencias me alejaba cada vez más de mis mundos imaginarios para darme de bruces contra la realidad que me tocaba vivir. Los pájaros hada dejaron de existir, los realidades alternas se me antojaban absurdas hasta que los monstruos de debajo de mi cama se desvanecieron también. Papá Noel, el Ratoncito Pérez, el Hombre del Saco —¡todos!—, dejaron de ser reales

Con la perdida de la inocencia, la magia en mí se fue desvaneciendo hasta que incluso Óscar fue perdiendo ese brillo en los ojos y pareciéndose cada día más a un simple osito de trapo y algodón.

—A ti no te puedo perder. ¿Por qué no puedes ser real? —le imploré entre lágrimas. Pero sus ojos opacos me observaron en silencio sin decir nada. Óscar ya no podía oírme

Un día mi padre trajo a casa un nuevo miembro a nuestra familia. Tenía cuatro patas, pesaba 2kg y medio, era torpe y con tendencia a morder y a mearse con regularidad. Era un cocker spaniel color canela con las orejas más cortas que jamás había visto en aquella raza. Aún así, jamás olvidaré la primera vez que interactué con él pues, aquel día, fue el día que cambió el resto de mi vida. Le llamamos Tango.

En cuestión de semanas, Tango se había hecho con todos los pomos de los cajones inferiores de la cocina, las patas de las sillas y, en una ocasión, las gafas de Channel de mamá. Era el centro de atención: «Tango, no te comas los geranios», «Tango, no te mees en la alfombra», «Tango, las zapatillas de papá no son un juguete». Cuando estábamos en casa debíamos controlar cada uno de sus movimientos y cuándo estábamos en el colegio, yo seguía pensando en él. Se había convertido en uno más de la familia y le quisimos incondicionalmente.

Tango convivió con nosotros 13 años. Desde Argentina hasta España, había sido mi escudero fiel en las batallas imaginarias en el jardín trasero de casa. Mi sanador de corazones rotos en mi adolescencia y al final, algo más viejo y cascarrabias, mi mejor compañía. Tango había estado presente en cada momento especial en mi vida e interpretado un papel importante en cada etapa y altibajo en ella. Había sido el único capaz de calmar mis tormentas. Era mi alma gemela y un pilar más de mi familia. Sin él: parte de mi existencia se desvanecía y a la otra parte —los años siguientes que me tocarían vivir sin él—, se presentaban cojos.

Mi abuela solía decir algo así como: «Tangueras, orejas, que te vas y me dejas». Nunca entendí qué quería decir con eso, o si lo decía simplemente por la rima. Pero una tarde lo comprendí cuando, después de que se llevaran a mi abuela en una ambulancia de regreso a Asturias, Tango se puso enfermo. Tenía un tumor.

Llegó la Navidad y como cada año: decoramos la casa, pusimos el árbol, compramos montón de comida y envolvimos los regalos, incluso los de Tango. Decidimos que aquellas navidades las pasaríamos en casa, con la chimenea encendida y sin ningún otro plan más que el de estar todos juntos en familia.

Fui una ingenua al pensar que viviríamos para siempre

Tango había perdido 5kg para entonces y debíamos darle agua a través de una jeringuilla para asegurarnos de que se mantenía hidratado. Aun así, seguía meneando la cola cada vez que nos veía entrar en la habitación o cuando le llamábamos «buen chico». Incluso cuando le ayudamos a romper el papel maché de su regalo y descubrió un nuevo peluche; aunque, esta vez, no encontró las energías para jugar con él.

 

Había días que amanecía más animado y conseguía comer algo. Esos días mi padre y yo aprovechábamos para llevarle a un corto paseo a la playa. Le cargábamos en brazos hasta la orilla y Tango caminaba alegre, pero despacio, de aquí para allá dejando sus huellas marcadas en la arena. De regreso a casa le bañaba, le limpiaba las lagañas de los ojos y le dejaba secarse frente al fuego mientras mirábamos la televisión. Esos días tenía la esperanza de que Tango mejoraría, que el tumor remitiría o que encontraría la fuerza necesaria para someterse a la cirugía. Pero entonces volvía a vomitar, a negarse a beber agua y a quedarse inmóvil en su cama durante horas junto a su nuevo muñeco sin tocar.

Aquellos días le cogía en mis brazos, dejaba que se durmiera sobre mi pecho y acariciaba el pelo de su cabeza con la punta de mi nariz. Se había vuelto muy ligero y podía sentir los huesos de sus costillas bajo mis brazos. Para entonces ya había perdido 8 kg, no comía, no ladraba ni emitía ningún tipo de sonido.

 

El día que Tango volvió a gruñir, lo supimos. Había llegado el momento. Mi chico nos decía que estaba preparado para irse, pero ¿lo estaba yo?

PICT0351.JPG
PICT0229.JPG

La tarde de dicho día, Ana (nuestra veterinaria) canceló todas sus citas y preparó la sala donde iba a tener lugar. Llegamos puntuales a la clínica, pero con paso indeciso. Y ¿si estábamos cometiendo un error? Y ¿si Tango podía aguantar aún unos meses más? ¿Era egoísta querer retenerlo un poco más con nosotros? Ana me miró con cariño y me pidió que colocara a Tango en la mesa de operaciones. Había cargado con él en brazos desde que saliéramos de casa y, después, le había acurrucado contra mi pecho todo el trayecto en el coche. Quizá aquel día había sido la vez que más tiempo lo había tenido en brazos sin que se quejara pidiéndome que le bajara. Ana esperó con paciencia. No quería solarlo y le presioné aún más fuerte contra mi pecho. Entonces, Tango volvió a emitir un leve gruñido y mis padres asintieron con la cabeza para que hiciera lo que Ana me pedía. Dejé el ligero cuerpecito de Tango sobre la camilla fría de metal y me senté junto a mi madre que me abrazó fuertemente.

Los cuatro observamos en silencio a Ana auscultar el pecho de Tango, inspeccionar sus ojos, la boca y presionar luego su estómago en la parte donde se encontraba el tumor. Tango volvió a quejarse. Ana acarició su cabeza y se dirigió a nosotros para darnos la confirmación que ya sabíamos. Era el momento.

—Os daré unos minutos para que podáis despediros de él —nos dijo, y salió de la habitación.

Nos acercamos los cuatro a Tango y acariciamos su lomo, sus orejas minúsculas de cocker, besamos sus patitas y después su naricita. En otras circunstancias, Tango ya estaría agobiado y pidiéndonos que le dejáramos en paz; en cambio, ahora movía la cola contento porque estuviéramos con él.

—Tanqui Wangui Doddle… —cantó mi padre entre dientes mientras le acariciaba la oreja—. Gracias por todos estos años. Has sido muy buen chico —y le besó en la cabeza.

Después mi hermano dijo unas palabras y a continuación mi madre, pero yo me quedé en blanco. ¿Qué se le dice a tu perro por última vez cuando sabes que ya no le vas a volver a ver? ¿Cómo podía despedirme de 13 años juntos en tan solo unos escasos minutos? ¡No era justo!

Me acerqué más a la camilla y me agaché lo suficiente, apoyando mi barbilla sobre la fría mesa, para poder tener su nariz pegada a la mía. Podía sentir su leve respiración contra mi cara y aquello me hizo querer llorar tanto que hundí mi cara entre el pelaje de su cuello.

—Te… te voy a echar mucho de menos —le susurré entre sollozos para que solo él pudiera escucharme—. Espero que allá donde vayas tengan sandía. Sé lo mucho que te gusta. Pero ten cuidado y no comas mucha. Y espero que haya una playa como la nuestra y que te rasquen detrás de la oreja tantas veces como quieras —hice una pausa para besar el espacio entre sus ojos y continué—: Has sido y serás siempre el gran amor de mi vida. Gracias…. Te quiero, chico.

Ana llegó en ese momento con una aguja y un frasco del que extrajo un liquido incoloro.

—¿Listos?

Mi padre asintió con la cabeza temiendo que la voz le fuera a fallar. Nos colocamos junto a Tango y, tocando sus patitas, le vimos cerrar los ojos por última vez.

—Busca a la abuela, cariño… así no estarás solo —dijo mi madre entre lágrimas.

PICT0310.JPG
PICT0311.JPG

Los días siguientes en casa fueron silenciosos. Deambulaba por las habitaciones como un zombi con un rumbo fijo: del sofá a la cama y de la televisión a la nevera. Pero nunca con interés por ver nada y nunca con apetito. Entonces veía el rincón donde solían estar el bol de agua y comida de Tango y me ponía a llorar. Encontraba un viejo juguete que creíamos perdido bajo el sofá y volvía a ponerme a llorar. Llorar era lo único que hacía y, en esos momentos, mi madre fue mi dispensador de tiritas. Siempre disponible, preparada y con una dosis extra de amor y paciencia para consolarme todas las noches que no pude dormir.

«Tango es como un fantasma que se me aparece en cada rincón de la casa. Aún están las manchas de sus babas en el cristal. Hoy me he vuelto a poner mi chaqueta favorita: la verde de lana con los botones marrones, y me he encontrado un pelo suyo atrapado entre las fibras. He sido incapaz de tirar de él. Es lo único que me queda de él: un pelo diminuto y blanco. No quiero que desaparezca también».

Dicen que cuando pierdes a alguien a quien quieres, te acuerdas de los detalles más pequeños que en su momento no diste importancia. Como el olor de su champú recién bañado, lo suave que era el pelo entre el hueco de sus dedos, los rizos de sus orejas y ese sonido divertido que hacia cuando soñaba que cazaba ardillas.

La idea de tener otro perro después de Tango no había sido algo que se nos hubiera planteado y cuando sucedió fue como si estuviera destinado por una fuerza ajena a nuestro control. Así fue como conocimos a Galatea (#mipecosagalatea), una cocker spaniel con una curiosa mancha con forma de ´T´ y que llevaba esperando en un a tienda desde Navidad a que una familia la quisiera. 


Después de 9 años tras la muerte de Tango tengo la absoluta certeza de que: en mi vida ha habido un antes y un después, que él es el origen de todas mis buenas acciones y que ya NUNCA voy a vivir sin un perro. Y supongo que es cierto pues, mi padre una vez dijo: "El primer perro nunca se olvida. Es el que hace que quieras tener más perros y, ¡debes! Debes tener otro perro después de él porque, solo así, él sabrá que hizo un buen trabajo. Qué fue un buen perro".

Gracias a Tango hemos conocido a Gala y, gracias a él, tengo a Oliver. Cada perro llega en un momento diferente de nuestras vidas y, por consiguiente, representará un papel determinado en ella. Y, para mí, Tango siempre será el Primero: el origen de todo y la razón que yo sea la persona que soy ahora.

Gracias Tango.

Tango.jpg

Donde

haya un perro

El Podcast de @cottonlionchow

Recientemente he tenido el placer de ser una de sus historias perrunas (el ´Capítulo 20') del canal de Aida Gómez, la mamá de Cotton, donde hablo de mi experiencia con Tango y cómo superar "Cuando un perro cruza el arcoíris"

haz click

si quieres escucharlo