Nuevas aventuras

Praga Pt. 2
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Siempre he sido algo introvertida. Por ello, traté de pasar gran parte de mi infancia y adolescencia inadvertida y de sobrevivir a aquello que llamaban: 'Edad del Pavo'. De lo que no me di cuenta fue de que, aunque evitara todo tipo de atención y enfrentamiento entre mis tutores, compañeros y amigos, empezó a librarse una batalla desde mi dentro que tardaría diez años en estallar y

en arrasar con todo cuanto estuviera a mi paso

A mi edad adulta, descubrí que vivimos en una sociedad llena de convencionalismos donde las pautas de vida y comportamiento están establecidas y el denominar común es considerado lo «normal». Pero entonces, existen aquellas personas que —aún sin saberlo—, no encajan en ese molde. Personas que, como yo, fingíamos ser como los demás hasta que un día cruzamos el límite. Ya fuera a causa de una mala nota en la universidad, el miedo a decepcionar a los padres, una decisión precipitada, un amor no correspondido o perder algo que creíamos tener para siempre; y nos encerramos en nosotros mismos generando una especie de fobia hacia el mundo real. Nos volvemos apáticos, insensibles, intro-vertidos, violentos, intolerantes e inestables. Algunos lo llamarían depresión. Otros, simplemente, «una mala racha».

Pero no se trata de una patología en particular ni de tener mala suerte en la vida. Se trata de volverse un poco loco para lograr descubrir nuestro Verdadero Yo. Un viaje desde el interior donde deberás luchar contra tus peores miedos, dudas e inseguridades y aceptarlas como parte de tu propio ser. Un dilema existencial que implica la necesidad de romper con las normas establecidas para así lograr encontrar tu propia identidad —no aquella que creamos para los demás—, y aceptarla.

A lo largo de mi vida y de todas las experiencias que he acogido, he llegado a la conclusión de que la normalidad es una mera cuestión de consenso. Es decir, si mucha gente piensa que una cosa está bien: esta será la correcta. Así de sencillo. La sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar y las personas no se detienen a preguntarse por qué es necesario que se comporten así. Se limitan a aceptarlo.

Pero cada persona es única con sus propias cualidades, instintos, formas de placer y búsqueda de aventura. Y por ello, existe un momento en la vida de algunas de ellas en la que se roza el límite. Una vez alcanzado este límite, solo se requiere de un detonante para hacernos estallar en mil pedazos, decir: «basta» y romper con esa lista para escribir una nueva. ¡Nuestra propia lista! Pero yo había creado tantas versiones de mí misma a lo largo de todos esos años que ya no sabía cuál de todas era. Había gastado la mayor parte de mi energía en estar siempre a la altura de la imagen que los demás esperaban de mí que nunca me habían sobrado fuerzas para ser yo misma. Y lo hice durante tanto tiempo que, simplemente, me olvidé de quién era y me acomodé en mi desastre.

Pero me estoy anticipando a los hechos.

Digamos que empecé por crear de cero aquella nueva lista.

La búsqueda de una misma no fue sencilla. Tuve que fracasar numerosas veces. Cometer errores hasta verme atrapada en una versión de mí que no me gustaba. Y, en el duro viaje que supuso regresar de ese mundo que construí dentro de mí, salí victoriosa para mostrar mi Verdadero Yo. 

“Uno debería ser simplemente uno mismo listo para enfrentarse a todo lo que le traiga la vida, listo para aceptar y vivir. Pero siempre alerta, consciente, atento y despierto. De modo que lo único que hay que recordar constantemente es el recuerdo de uno mismo. No debes olvidarte a ti mismo y actúa siempre desde el núcleo más profundo de tu ser. Deja que las acciones fluyan desde ahí, desde tu dentro, y hagas lo que hagas será virtuoso. Si haces algo que atente contra tu ser puede que la sociedad esté contenta contigo, pero tu no puedes estar contento contigo mismo. Puede que la sociedad te alabe, pero en el fondo sabrás que habrás desaprovechado tu vida por nada”

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Numeré en una página en blanco cada una de las cosas que siempre había querido hacer pero que, por cobardía, negación o imposición, jamás había hecho:

Empecé tachando el punto número 4 de la lista y, poco después, me armé de valor para emprender mi siguiente aventura. Me cargué la maleta vieja de mi padre al hombro, cogí mi pasaporte, mi cámara y —con unas monedas extranjeras en el bolsillo— me fui de viaje sola. 

Durante los siguientes cuatro años tomé el sol en una playa kilométrica de Tarifa y recogí conchas en una isla. Me perdí por las callejuelas del barrio de Santa Cruz. Bailé en un festival de música donde la gente se manchó de cientos de colores. Recorrí los jardines de Londres y comí galletas en un sitio llamado Ben's Cookies. Visité a un amigo en Finlandia y paseamos en bicicleta por las calles de Helsinki. Visité la Torre Eiffel en París y cuando la vi brillar por la noche me dije a mí misma que jamás en mi vida vería nada igual. Regresé a las montañas del Pirineo donde aprendí a hacer snow hasta bajar a la playa de Zarautz donde hice surf por primera vez. Me matriculé en fotografía profesional en Barcelona y expuse mis fotografías en el Baluarte de Pamplona. Me mudé a un piso en Praga y me enamoré de un belga que me hizo enamorarme aún más de mí misma. Me emocioné en un concierto de Elton John y descubrí mi pasión por los perros. Finalmente, cumplí mi gran sueño de irme a la aventura a Asia e hice un voluntariado en Koh Lanta que marcaría un antes y un después en mi forma de percibir la vida. MI VIDA.

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Dos viajes en minibús, una noche en Krabi, un vuelo de dos horas, otra noche en Bangkok, un taxi a las cinco de la mañana, un vuelo de siete horas, cuatro horas de espera en el aeropuerto, una noche no planeada en un hotel de Dubai y otras seis horas de vuelo después… por fin llegaba al aeropuerto de Praga.

Esperé a que mi maleta apareciera de las primeras en la cinta y, una vez con ella, me dirigí al baño de mujeres. Ahí me aseé, me lavé los dientes y traté de desenredar los nudos de mi pelo con los dedos sin mucho éxito. Observé unos segundos mi reflejo en el espejo. Mi piel estaba bronceada, lo mucho que mi piel de «guiri» había tolerado, y mi pelo estaba cubierto de reflejos dorados. No la clase de look que pegaba con el frío invernal de la República Checa a principios de marzo. Pero nunca antes me había visto así: sin maquillar, el pelo alborotado y con ropa sin conjuntar. Y ¡me daba igual! Mi antiguo yo se hubiera escandalizado por estar en público con esas pintas. No porque fuera especialmente coqueta, sino porque siempre me había importado dar una buena imagen.

Era curioso cuanto sentido cobraba de repente la frase: «menos es más». Y es que —aparentemente sin nada—, sentía que lo tenía todo. Me tenía a mí y esa versión «Jane de la jungla», y nada más importaba. Corrigo. Había algo que aún me importaba lo suficiente y que me esperaba a la salida del aeropuerto. Así que me cargué la mochila al hombro, cogí la maleta y me dirigí nerviosa hacia la salida. Le vi enseguida entre el resto de la gente, pues mi belga se había colocado estratégicamente junto a la barandilla y cargaba consigo un enorme ramo de rosas.

Doce rosas, una por cada mes que llevábamos juntos. Vi como sus ojos se abrieron como platos al verme y aceleré el paso notando como el nudo en mi garganta crecía a cada metro que me acercaba a él. Entonces, choqué contra su pecho exhausta y deseé dormirme ahí mismo entre el perfume de las rosas y el suyo.

—Bienvenida a casa, «my love».

 

En Praga estuve apenas unas semanas. Lo justo para habituarme a la nueva zona horaria, al ruido de la ciudad, las multitudes, los asfaltos y sus edificios altos. A ponerme zapatos y a encender en mi cabeza ese interruptor que activa el sentido de la organización. Desconectar ese otro interruptor que decía: «Estado Zen» y espabilarme si quería encontrar un nuevo número de teléfono checo, un nuevo banco, un nuevo piso y un nuevo trabajo.

Cuando me marché la última vez, lo había dejado absolutamente todo y ahora debía construir un nuevo comienzo en Praga. Con la emoción y el estrés que todo aquello acarreaba.

Tuve que desconectar ese «Interruptor Zen» en varias ocasiones hasta el punto que lo gasté y ya no supe volver a encenderlo. La ajetreada vida de una ciudad te obliga a seguir cierto ritmo que a veces no da cabida a la calma, la harmonía y la meditación. «Jane de la Jungla», poco a poco, se fue convirtiendo de nuevo en la versión pálida y mejor vestida de ella. Pero ya nunca volvería a ser la misma chica de antes de la isla. Incluso antes de Praga.

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Pasado un tiempo desde que cogiera aquel avión a Bangkok, no ha habido ni un solo día que no recuerde la isla ni cómo me hizo sentir. Ahí —y apunto de terminar La Lista—, crecí, maduré, aprendí a perdonarme y a querer todas aquellas cosas de mí que más vergüenza me daban.

Inicié un proceso de cambio interior que, posteriormente, se vio reflejado en el exterior. Pues, una vez fui consciente de mí misma, empecé a serlo con mi entorno. No solo reciclé las personalidades que había ido acumulando a lo largo de mi vida, sino que aprendí a desprenderme de aquellas otras cosas de mi entorno que no me convenían. Aprendí a vivir con menos y, en la simplicidad, encontré el equilibrio que tanto anhelaba. Aquel que me permite ser quien quiero ser y estar en harmonía con mi entorno, aún cuando este no siente, piensa o actúa como yo.

Porque esta soy YO. Con lo que tengo.

Que es mucho. Que es todo.

Actualmente, sigo en proceso de aprendizaje y seguiré haciéndolo hasta el final de mis días. Pero descubrir y aceptar mi sensibilidad como parte de mí, me ha ayudado a comprender muchos capítulos de mi pasado y cómo voy a querer vivir los siguientes aún por escribir.

Voy a vivir mi vida en equilibrio en el que mi día a día, y casi todo lo que forme parte de ella, penderá de una balanza. Donde no habrán días buenos sin días malos. Donde lloraré cuando necesite hacerlo. Donde gritaré cuando quiera que me escuchen. Donde me permitiré fracasar sin vergüenza y donde celebraré mis victorias por  pequeñas que sean. Donde voy a amar cada detalle de esta vida que estoy construyendo a pasitos de hormiguita y donde reivindicaré mi cuerpo y mi mente sin fingir ni ocultarme.