Nuevas aventuras

Siempre he sido introvertida y algo fácil de influenciar. Además —como Libra que soy—, está en mi naturaleza ser pacífica y evitar todo tipo de conflicto. Así que, toda mi infancia y adolescencia traté de sobrevivir pasando inadvertida entre mis profesores, compañeros de clase y amigos. De lo que no me di cuenta fue que, aunque evitara todo tipo de atención y enfrentamiento, empezó a librarse una batalla desde mi dentro que tardaría diez años en estallar y en arrasar con todo cuanto estuviera a mi paso

Vivimos en una sociedad llena de convencionalismos donde las pautas de vida y comportamiento están establecidas y el denominar común es considerado lo «normal». Entonces, existen aquellas personas que —aún sin saberlo—, no encajan en ese molde. Personas que, como yo, fingíamos ser como los demás hasta que un día cruzamos el límite. Ya sea a causa de una mala nota en la universidad, el miedo a decepcionar a los padres, una decisión precipitada, un amor no correspondido o perder algo que creíamos tener para siempre; y nos encerramos en nosotros mismos generando una especie de fobia hacia el mundo real. Nos volvemos apáticos, insensibles, introvertidos, violentos, intolerantes o inestables. Algunos lo llamarían depresión. Otros, simplemente, «la edad del pavo». Pero no se trata de una enfermedad en particular ni de un exceso de hormonas. Se trata de volverse un poco loco para lograr descubrir nuestro Verdadero Yo. Un viaje desde el interior donde deberás luchar contra tus peores miedos, dudas e inseguridades y aceptarlas como parte de tu propio ser. Un dilema existencial que implica la necesidad de romper con las normas establecidas (¡volverse un poco loco!) para así lograr encontrar tu propia identidad —no aquella que creamos para los demás—, y aceptarla.

A lo largo de mi vida y de todas las experiencias que he acogido, he llegado a la conclusión de que la normalidad es una mera cuestión de consenso. Es decir, si mucha gente piensa que una cosa está bien: esta será la correcta. Así de sencillo. La sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar y las personas no se detienen a preguntarse por qué es necesario que se comporten así. Se limitan a aceptarlo.

Pero cada persona es única con sus propias cualidades, instintos, formas de placer y búsqueda de aventura. Y por ello, existe un momento en la vida de algunas de ellas en la que se roza el límite. Una vez alcanzado este límite, solo se requiere de un detonante para hacernos estallar en mil pedazos, decir: «basta» y romper con esa lista para escribir una nueva. ¡Nuestra propia lista! Pero yo había creado tantas versiones de mi misma a lo largo de todos esos años que ya no sabía cual de todas era. Había gastado la mayor parte de mi energía en estar siempre a la altura de la imagen que los demás esperaban de mí que nunca me habían sobrado fuerzas para ser yo misma. Y lo hice durante tanto tiempo que, simplemente, me olvidé de quién era y me acomodé en mi desastre.

Pero me estoy anticipando a los hechos. Digamos que empecé por crear de cero aquella nueva lista.

La búsqueda de una misma no fue sencilla. Tuve que fracasar numerosas veces. Cometer errores hasta verme atrapada en una versión de mí misma que no me gustaba y, en el duro viaje que supuso regresar de ese mundo que construí dentro de mí, salí victoriosa para mostrar mi Verdadero Yo. Aceptarme, quererme y saber siempre lo que quiero sin dañar a nadie. Romper con lo políticamente correcto sin miedo a ser juzgada. 

“Uno debería ser simplemente uno mismo listo para enfrentarse a todo lo que le traiga la vida, listo para aceptar y vivir. Pero siempre alerta, consciente, atento y despierto. De modo que lo único que hay que recordar constantemente es el recuerdo de uno mismo. No debes olvidarte a ti mismo y actúa siempre desde el núcleo más profundo de tu ser. Deja que las acciones fluyan desde ahí, desde tu dentro, y hagas lo que hagas será virtuoso. Si haces algo que atente contra tu ser puede que la sociedad esté contenta contigo, pero tu no puedes estar contento contigo mismo. Puede que la sociedad te alabe, pero en el fondo sabrás que habrás desaprovechado tu vida por nada”

Numeré en una página en blanco cada una de las cosas que siempre había querido hacer pero que, por cobardía, negación o imposición, jamás había hecho:

Empecé tachando el punto número 4 de la lista y, poco después, me armé de valor para emprender mi siguiente aventura. Me cargué la maleta vieja de mi padre al hombro, cogí mi pasaporte, mi cámara y -con unas monedas extranjeras en el bolsillo- me fui de viaje sola. 

Durante los siguientes cuatro años tomé el sol en una playa kilométrica de Tarifa y recogí conchas en una isla. Me perdí por las callejuelas del barrio de Santa Cruz. Bailé en un festival de música donde la gente se manchaba de cientos de colores. Recorrí los jardines de Londres y comí galletas en un sitio llamado Ben's Cookies. Visité a un amigo en Finlandia y paseamos en bicicleta por las calles de Helsinki. Visité la Torre Eiffel en Paris y cuando la vi brillar por la noche me dije a mí misma que jamás en mi vida vería nada igual. Regresé a las montañas del Pirineo donde aprendí a hacer snow hasta bajar a la playa de Zarautz donde hice surf por primera vez. Me matriculé en fotografía profesional en Barcelona y expuse mis fotografías en el Baluarte de Pamplona. Me mudé a un piso en Praga y me enamoré de un belga. Me emocioné en un concierto de Elton John y descubrí mi pasión por los perros. Finalmente, me fui a la aventura a Asia e hice un voluntariado en Koh Lanta que marcaría un antes y un después en mi forma de percibir la vida.

Dos viajes en minibús, una noche en Krabi, un vuelo de dos horas, otra noche en Bangkok, un taxi a las cinco de la mañana, un vuelo de siete horas, cuatro horas de espera en el aeropuerto, una noche de hotel en Dubai y otras seis horas de vuelo después, por fin llegué al aeropuerto de Praga. 

Esperé a que mi maleta apareciera de las primeras en la cinta y, una vez con ella, me dirgí al baño de mujeres. Ahí me aseé, me lavé los dientes y traté de desenredar los nudos de mi pelo con los dedos sin mucho éxito. Observé unos segundos mi reflejo en el espejo. Mi piel estaba bronceada, lo mucho que mi piel de guiri había tolerado, y mi pelo estaba cubierto de reflejos dorados. No la clase de look que pegaba con el frío invierno de la República Checa.  

Nunca antes me había visto así: sin maquillaje, el pelo alborotado y con ropa alterna sin seguir ningún tipo de moda y ¡me daba igual! Mi antiguo yo se habría  escandalizado por estar en público con “esas pintas”. No porque fuera especialmente coqueta, pero siempre me había importado lo que los demás pensaran de mi. Era curioso cuanto sentido cobraba de repente la frase: «menos es más»; y es que, aparentemente sin nada, sentía que lo tenía todo. Me tenía a mi misma —esa versión “Jane de la jungla”—, y nada más importaba. Solo había una cosa que aún me importaba lo suficiente. Me cargué mi mochila, cogí la maleta y me dirigí nerviosa a la salida. El Belga me esperaba al otra lado de la puerta de salidas. Le vi enseguida entre el resto de personas que esperaban pues se había colocado estratégicamente junto a la barandilla y cargaba con él un enorme ramo de rosas. 

Doce rosas, una por cada mes que llevábamos juntos. Vi como sus ojos se abrieron como platos al verme y aceleré el paso notando como el nudo en mi garganta amenazaba con inundar mis ojos de la emoción. Entonces, choqué contra su pecho exhausta y deseé dormirme ahí mismo entre el permufe de las rosas.

—Bienvenida a casa —me dijo.

Las primeras semanas en Praga sirvieron para habituarme de nuevo a la nueva zona horaria, al ruido de la ciudad, las multitudes, los asfaltos y sus edificios altos. A ponerme zapatos y a encender en mi cabeza ese interruptor que activa el sentido de la organización. Desconectar ese otro interruptor que decía: «Estado Zen» y espabilarme si quería encontrar un nuevo número de teléfono checo, un nuevo banco, un nuevo piso y un nuevo trabajo. 

Cuando me marché la última vez, lo había dejado todo atrás. Ahora, debía construir un nuevo comienzo en Praga y tuve que desconectar ese «Interruptor Zen» en varias ocasiones hasta el punto que lo gasté y ya no supe volver a encenderlo. 

 

La ajetreada vida de una ciudad te obliga a seguir cierto ritmo que, a veces, no da cabida a la calma, la harmonia y la meditación. “Jane de la Jungla” poco a poco se iría convirtiendo de nuevo en la versión pálida y mejor vestida de ella, pero ya nunca sería la misma chica de cuando antes de la isla. 

Ya ha transcurrido más de un año desde que cogiera mi avión a Bangkok y han sucedido muchas cosas desde entonces, pero no ha pasado un solo día que no recuerde la isla ni cómo me sentía. Hundo mentalmente los pies en la arena de la playa de Klong Dao y espero al atardecer mientras observo a Cilla cavar hoyos para atrapar cangrejos. Dejando atrás todas los momentos de superación en el colegio y después en la universidad, los exámenes suspendidos, los corazones rotos, perder a Tango, conocer a Gala y los cientos de momentos vividos en Praga con Marta: me encontraba en perfecta sintonía conmigo misma. Habiendo hecho las paces con mi pasado solo podía sentir excitación por lo que aún estaba por venir: regresar a mi querida Praga, mudarme con El Belga y conocer a Oliver. 

Desde entonces, todos los días trato de recordar ese sentimiento y lo aplico en mi vida diaria. Lucho constantemente por conseguir el equilibrio perfecto entre estar feliz y satisfecha con todo lo que tengo y no perder nunca esa pasión por empezar una nueva aventura. Pero sobre todo y ¡ante todas las cosas! No olvidar jamás quién soy. Aquella quién soy en realidad:

La chica asustada que aprendió a combatir sus propios monstruos aunque fuera a pasitos de hormiga. La que habla con su osito de peluche y saluda a las urracas porque aun cree en la magia. La fotógrafa. La loca de las listas. La amante de los perros. La chica del pelo enredado en una playa de Tailandia. La que quiere «vivir feliz y comer perdiz» con El Belga aunque suene cursi. Y la mamá de Oliver.

Esta soy yo.