Oliver
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De regreso a Praga, nos instalamos en un bonito piso de techos altos y paredes blancas. Las cajas de Ikea llegaron días más tarde y, pronto, empezamos a vestir cada habitación con nuestros muebles. Teníamos un sofá, un escritorio y una cama en el dormitorio. No necesitábamos nada más. O, ¿quizá sí? 

Con los restos de cartón que nos sobraron, construí una pequeña casita con un arco como puerta. Le puse un techo y, de dos tiras de cordel, colgué un cartel en el que escribí el nombre: «Oliver».

 

La idea de tener un perro propio ya rondaba por mi cabeza desde la primera vez que me mudara a Praga. Para entonces, con mi ritmo de vida, el trabajo y los pocos recursos, aquello no era planteable. Pero echaba mucho de menos a Galatea y me sobraba cariño para repartir con otros perros. Así fue como, por mi amor a Gala, me hice paseadora de perros en mis ratos libres, fotógrafa canina, mamá de acogida de una Dóberman Pinscher y, finalmente, voluntaria en un centro de rescate en Tailandia.

Casi cuatro años después, unos ahorros extra en el banco y la estabilidad de una vida en pareja que comparte su afición por las noches de peli, sofá y manta, sentí que era el momento.

Nos encontrábamos en un salón donde una chica nos iba traduciendo, del checo al inglés, cada una de las preguntas que se nos iba haciendo: «¿Cuánto tiempo pretendéis quedaros en Praga?», «¿Tenéis previsto viajar con regularidad a Bélgica o España?», «¿Tenéis un trabajo estable?», «¿Qué presupuesto al mes habéis pensado gastaros en él?», «¿Habéis tenido un perro antes?», «¿Qué experiencia tenéis con animales?».

Me había informado acerca del proceso y requisitos que se seguía en situaciones como aquella. Me gustó su seriedad y su preocupación por asegurarse de que el cachorro fueran a parar a una buena familia. Pero el incesante interrogatorio por parte de la pareja que teníamos sentados frente a nosotros, se me hizo igual de duro que una entrevista de trabajo. Y con cada pregunta me hundía más y más en mi asiento. No sabía lo que iba a pasar después. Solo sabía que, sin conocer a mi perro, ya le quería incondicionalmente.

Debimos pasar la prueba pues, 40 minutos después, la señora que se hacía llamar Michaela nos dejó acceder al jardín donde cuatro cachorros pomposos descansaban sobre la hierba. El ruido de la verja al abrirse les alertó y los cuatro se despertaron de golpe para luego venir corriendo despavoridos en nuestra dirección. Michaela cogió el cachorro que mordisqueaba la oreja de otro y lo puso en mis brazos.

—Toto je Dionysis («Este es Dionysis») —me dijo.

—Mis tíos les han puesto nombres mitológicos griegos —nos explicó la chica algo avergonzada—. Claro que es temporal, hasta que vosotros le pongáis uno que os guste. ¿Tenéis un nombre pensado ya?

Sujeté el cachorro con ambas manos temblorosas temiendo a hacerle daño. Pero este estaba tranquilo y me observaba con curiosidad a través de sus pequeños ojos negros. Su naricita húmeda se dilató y me olisqueó la camiseta, luego el cuello, hasta llegar a mi barbilla donde me dio un pequeño mordisco. Me reí y miré a Steven con ojos vidriosos.

—Sí —dije contestando a la chica—. Se llamará Oliver.

Es extraño y difícil de explicar lo que sentí en ese momento, pero era como si todo lo que había vivido en los últimos años, y todas las decisiones que había tomado, me condujeran a ese preciso instante. ¿Cómo podía quererle tanto ya?

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Nos dejaron jugar a solas con él en el jardín donde le observamos correr de aquí para allá persiguiendo a sus hermanos, tropezarse, dar volteretas en la hierva y volver a enderezarse para salir escopeteado tras una pelota. De vez en cuando le llamaba la atención nuestra presencia y se acercaba a saludar. Nos mordísqueaba los cordones de los zapatos, luego el dobladillo del pantalón hasta trepar en el regazo.

—Mi tía dice que si queréis podéis pasar a conocer a Amalka, la madre de los cachorros —nos interrumpió dulcemente la chica.

 

Dejamos al pequeño Oliver junto a sus hermanos y cerramos la verja tras nosotros, no sin antes dar un último vistazo al jardín. Volvimos a entrar en la casa donde nos condujeron a una amplia habitación que olía a desinfectante. En un rincón habían toallas repartidas por el suelo; en otro, comederos con agua, todo tipo de peluches y un cercado fabricado con tablones de madera donde intuí que dormían los cachorros durante la noche. Oí una puerta abrirse tras de mí y dos grandes Golden Retriever color crema vinieron a nuestro encuentro moviendo agitadamente la cola. La más mayor se llamaba Fátima (la abuela de Oliver) y, junto a ella sosteniendo un peluche, estaba Amalka. Amalka le ofreció a El Belga el muñeco y tiró de él cuando este trató de quitárselo. Remitió y volvió a ofrecérselo incitándole a jugar de nuevo. En seguida, Fátima se unió al juego y tiró de la otra extremidad de lo que parecía ser un conejo de peluche. Reí al ver la escena.

—Si no os importa esperar un poco más, mis tíos dicen que han llamado a la tutora del padre de los cachorros. Está en camino. Así que, no debería tardar.

El Belga y yo asentimos al mismo tiempo. No había otro lugar donde quisiéramos estar más que ahí.

Aceptamos el ofrecimiento de un nuevo té y otro trozo de Marlenka y nos movimos al salón para esperarles.

Al cabo de treinta minutos sonó el timbre de la puerta. Cuando esta se abrió, un perro de dimensiones gigantescas entró a empujones y saltó sobre los brazos de Michaela. De pie era de su misma estatura y debía pesar al menos unos 37 kg. Sus patas eran fuertes y su cabeza era del tamaño de una calabaza adulta. Me pareció el perro más grande que había visto nunca y dudé si estaría preparada para aguantar su peso si me saltaba. Afortunadamente, la pared detrás de mí me sujetó e, ignorando las disculpas de su humana de fondo, acepté cada uno de los lametones que me dio su perro.

Otro té, otro trozo de Marlenka y un par de anotaciones más en mi cuaderno de cosas que no quería olvidar, firmamos los papeles de custodia. Michaela nos entregó un pasaporte con la actualización de las últimas vacunas y una bolsa con comida, un juguete interactivo, un collar nuevo y una manta usada que conservaba el olor de sus hermanos.

Ya solo quedaba Oliver.

Michaela fue a buscarlo al jardín y, cuando me lo entregó, pude ver que sus ojos estaban rojos.

—Mi tía dice que, si no te importa, le gustaría que le mandaras fotos de él. De cómo crece y de más.

—¡Claro que sí! —afirmé dirigiéndome a la mujer—. Dile que la voy a aburrir a fotos y vídeos. Y que, si quieren ¡pueden hasta venir a visitarnos a Praga! —esperé a que la sobrina les tradujera y Michaela me sonrió satisfecha.

Minutos después, El Belga me ayudó a colocarme en el asiento de atrás del coche con Oliver en mis brazos y, cuando hubimos arrancado, nos despedimos por última vez de ellos a través de la ventanilla.

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El trayecto de regreso a la ciudad se me hizo largo. Estaba ansiosa por enseñarle a Oliver la casa de cartón que le había construido, su nueva cama y los juguetes que habíamos comprado pensando en él. Quería hacer tantas cosas con él y el día era tan corto que, en cuanto llegamos a casa, Oliver cayó rendido sobre el suelo de la cocina. Steven y yo calentamos las sobras del día anterior y, cuando estuvimos cansados, nos preparamos para ir dormir. Cogí a Oliver en brazos, rogando no despertarle y le coloqué en su camita nueva junto a la nuestra.

—«Night, night», Oliver —y me metí en la cama donde Steven ya me esperaba para apagar la luz.

—«Good night», mi amor.
—Buenas noches —le contesté. Pero no tenía sueño.


El día había sido muy intenso y aún no podía creerme que, junto a nuestra cama, durmiera

apaciblemente nuestro pequeño Oliver. Le observé una vez más dormir desde su camita y traté de hacer lo mismo.

Cuando concilié el sueño no tardé en volver a despertarme. Esta vez por los aullidos inquietos de Oliver. Me desperté de golpe con el susto en el pecho de quien cree que un ser querido está en peligro e, instintivamente, busqué a Oliver con la mirada. Pero no estaba en su camita. En su lugar, se encontraba junto a la mía, a medio impulso de subirse al somier.

—Oliver, no —dije y le llevé de vuelta a su camita. Oliver parecía empeñado en seguirme a nuestra cama, corriendo entre mis talones y mordisqueándome los tobillos—. Oliver, no —repetí y volví a dejarlo en su sitio. Le acerqué la manta que nos había dado Michaela y que olía a sus hermanos—. ¿Es porque echas de menos a tus hermanos? O ¿a tu mami?

Oliver había dejado de aullar. Pero la idea de que pudiera echar de menos a su familia me llenó de angustia. Decidí coger mi almohada de la cama y recostarme junto a él en la suya. El suelo estaba frío y resultaba algo incómodo, pero Oliver pareció más tranquilo y consideré la idea de quedarme hasta que se durmiera.

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—¿Vas a dormir ahí? —me preguntó El belga que también se había despertado con los aullidos.

—Creo que sí.
—¿Qué te parece entonces si nos turnamos?
—Vale —le sonreí y volví a recostar mi cabeza sobre la almohada.


Diez minutos después, Oliver se volvió a dormir y vi mi oportunidad de volver a la cama,pero sin mucho éxito. Se percató de mi ausencia y enseguida volvió a aullar.

—¿Le subimos a la cama? —sugirió finalmente El Belga.

Había leído libros y visto centenares de tutoriales en YouTube sobre cómo adiestrar a tu cachorro. Qué cosas podías hacer y qué otras debías evitar. Subirle a la cama era sin duda una de las segundas.

—Está bien, pero solo por esta vez.

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Ha pasado ya un año desde entonces y no ha habido una noche que Oliver no durmiera en la cama con nosotros. Un año de ropas llenas de pelos, calcetinas robados y zapatos agujereados; de tirar las lecciones por la ventana, de equivocarse, volver a aprender y seguir haciéndolo. Un año de disfrutar y amar aún más esta ciudad junto a él.