El Belga y yo nos instalamos en un bonito piso de techos alto y paredes blancas en el barrio de Vinohrady. Las cajas de Ikea llegaron dos días después. Teníamos un sofá, un escritorio y una cama en el dormitorio. No necesitábamos nada más. O, ¿quizá sí? Con los restos de cartón que nos sobraron, construí una pequeña casita con un arco como puerta, le puse un techo y, de dos tiras de cordel,colgué un cartel en el que escribí la palabra: Oliver

La idea de tener mi propio perro ya rondaba por mi cabeza desde la primera vez que me mudé a Praga. Para entonces, con mi ritmo de vida, el trabajo y los pocos recursos, no era planteable. Pero echaba mucho de menos a Galatea y me sobraba cariño para repartir con otros perros. Así fue como empecé siendo paseadora de perros en mis ratos libres, fotógrafa canina, mamá de acogida de una doberman pinscher y finalmente voluntaria en un centro de rescate en Tailandia.

Casi cuatro años después, unos ahorros extra en el banco y la estabilidad de una vida en pareja que comparte su afición por las noches de peli, sofá y manta, decidí que era el momento. Tras meses de investigación y búsqueda entre protectoras y criaderos de entre España, Bélgica y Chequia, finalmente di con un criadero a las afueras de Praga cuya perrita de la familia acababa de tener una camada de cuatro cachorros de Golden Retriever.

Nos encontramos en un salón donde una chica, aproximadamente de mi edad, nos fue traduciendo —del checo al inglés— cada una de las preguntas que nos hacía la pareja sentada frente a nosotros: «¿Cuánto tiempo pretendéis quedaros en Praga?», «¿Tené-is previsto viajar con regularidad a Bélgica o España?», «¿Tené-is un trabajo estable?», «¿Qué presupuesto al mes habéis pensado gastaros en él?», «¿Habéis tenido un perro antes?», «¿Qué experiencia tenéis con animales?». Me había informado acerca de las presentaciones y el proceso de selección de un cachorro en los criaderos. Si los responsables del centro se preocupaban de a dónde y con quién iba a parar su cachorro, significaba que era un buen centro. Aún así, el incesante interrogatorio se me hizo igual de duro que una entrevista de trabajo y con cada pregunta me hundía más y más en mi asiento.

No sabía lo que iba a pasar después. Solo sabía que, sin conocer a mi cachorro, yo ya le quería con locura e iba a hacer todo cuanto estuviera en mis manos para ofrecerle la calidad de vida que se merecía.

Debimos pasar la prueba pues, 40 minutos después, la señora que se hacía llamar Michaela nos dejó acceder al jardín donde cuatro cachorros pomposos descansaban sobre la hierva.

El ruido de la verja al abrirse les alertó y los cuatro cachorros se despertaron al unísono para luego venir corriendo despavoridos en dirección nuestra. Michaela cogió el cachorro que mordisqueaba la oreja de otro y me lo tendió en mis brazos.

Toto je Dionysis («Este es Dionysis») —me dijo.

—Mis tíos les ha puesto nombres griegos a los cachorros —nos explicó algo avergonzada la chica que nos había hecho de traductora—. ¡Claro que es temporal! Hasta que vosotros le pongáis uno que os guste. ¿Tenéis un nombre pensado ya?

Sujeté el cachorro con ambas manos temblorosas temiendo a que le hiciera daño, pero este estaba tranquilo y me observaba con curiosidad a través de sus pequeños ojos negros. Su naricita, fría y húmeda, se dilataba olisqueado mi camiseta, luego mi cuello hasta llegar debajo de mi barbilla donde me dio un juguetón mordisco. Me reí y miré a El Belga con ojos llorosos debido a la emoción. ¿Cómo podía quererle tanto ya?

—Sí —contesté—. Su nombre será Oliver.

Nos dejaron jugar a solas con él en el jardín donde le observamos correr de aquí para allá persiguiendo a sus hermanos, tropezarse, dar volteretas en la hierva y volver a enderezarse para salir escopeteado tras una pelota. De vez en cuando le llamaba la atención nuestra presencia y se acercaba a saludar. Nos mordis-queaba los cordones de los zapatos, luego el dobladillo del pantalón hasta trepar en el regazo.

—Me dicen que si queréis podéis pasar a conocer a Amalka, la madre de los cachorros —nos interrumpió dulcemente la sobrina.

Dejamos al pequeño Oliver junto a sus hermanos y cerramos la verja tras nosotros, pero no sin antes dar un último vistazo al jardín. Volvimos a entrar en la casa donde, tíos y sobrina, nos condujeron a una amplia habitación que olía a detergente y sábanas limpias. En un rincón de la sala habían toallas repartidas por el suelo, en otro: comederos con agua limpia, todo tipo de peluches y, en el centro, un cercado fabricado con tablones de madera donde intuí que dormían los cachorros durante la noche. Dos grandes Golden Retriever color crema vinieron a nuestro encuentro moviendo agitadamente el rabo y lamiéndonos las manos. La más mayor se llamaba Fátima (la abuela de Oliver) y, junto a ella, sosteniendo un peluche que acababa de recoger del suelo, estaba Amalka. Amalka le ofreció a El Belga el muñeco y tiró de él cuando trató de quitárselo. Remitió y volvió a ofrecérselo incitándole al juego.

—Es increíble —exclamé mientras miraba la escena. En seguida, Fátima se unió al juego y tiró de la otra extremidad de lo que parecía ser un conejo de peluche—. Son tan sociables y cariñosas.

—Si no tenéis prisa y no os importa esperar un poco más, mis tíos dicen que han llamado a la dueña del padre de los cachorros. Está en camino. No debería tardar.

El Belga y yo asentimos al mismo tiempo. No había otro lugar donde quisiéramos estar más que ahí.

Así que aceptamos el ofrecimiento de un nuevo té y un trozo de tarta Marlenka y nos movimos al salón para esperar.

Al cabo de treinta minutos sonó el timbre de la puerta. Cuando esta se abrió, un perro de dimensiones gigantescas entró a empujones y saltó sobre los brazos de Michaela. Era de su misma estatura de pie y debía pesar al menos 37 kg. Sus patas eran fuertes y su cabeza era del tamaño de una calabaza adulta. Me pareció el perro más grande que había visto nunca y dudé si estaría preparada para aguantar su peso si me saltaba. Afortunadamente la pared de atrás mío me sujetó e, ignorando las disculpas de su dueña de fondo, acepté cada uno de los lametones que me dio su perro.

 

Otro té, otro trozo de Marlenka y un par de anotaciones más en mi agenda que no debía olvidar: firmamos los papeles de custodia. El cachorro Dionysis, nacido el 10 de marzo del 2019, con 1,82Kg de peso, del criadero Mon Mignon CHS Retrieveru, pasó a llamarse Oliver y yo, Emma Leslie Crane, era legal y oficialmente su nueva familia. Michaela nos entregó su pasaporte con la actualización de las últimas vacunas y una bolsa con: comida, un juguete interactivo, un collar nuevo y una manta usada que conservaba el olor de sus hermanos. Ya solo quedaba Oliver.

 

Michaela fue a buscar a Oliver al jardín y, cuando me lo entregó, pude ver lágrimas en sus ojos.

—Me dice que, si no te importa, le gustaría que le mandaras fotos. De cómo crece y de más —me comentó la sobrina.

—¡Claro que sí! —afirmé dirigiéndome de nuevo a Michaela—. Dile que le voy a aburrir a fotos y que pueden venir a visitarnos a Praga siempre qué quieran —esperé a que la sobrina les tradujera y Michaela me sonrió satisfecha.

Minutos después, El Belga me ayudó a colocarme en el asiento de atrás del coche con Oliver en mis brazos y, cuando hubimos arrancado, nos despedimos por última vez a través de la ventanilla.

El trayecto de regreso a la ciudad se me hizo largo. Solo podía pensar en enseñarle la casa a Oliver, mostrarle su nueva cama, los juguetes que habíamos comprado pensando en él y dónde podía encontrar su plato con agua si tenía sed. Quería hacer tantas cosas con él y el día era tan corto. En su lugar, en cuanto llegamos a casa, Oliver cayó rendido sobre el suelo de la cocina y le dejamos dormir. El Belga y yo calentamos las sobras de la cena del día anterior sin hacer ruido y, cuando estuvimos cansados también, nos preparamos para irnos a dormir. Cogí a Oliver en brazos rogando no despertarle y le coloqué en su camita nueva junto a la nuestra.

Night, night Oliver —le dije en voz baja y me metí en la cama donde El Belga me esperaba para apagar la luz.

Good night, baby.

—Buenas noches —le contesté, pero no tenía sueño.

El día había sido muy intenso y lleno de emociones. Aún no podía creerme que junto a nuestra cama dormía plácidamente nuestro perro. Mi pequeño Oliver. Me había imaginado aquel momento en mi cabeza tantas veces y ahora ¡era real! Le observé una vez más dormir desde su camita y traté de hacer lo mismo.

Cuando hube conciliado el sueño no tardé en volver a despertarme. Esta vez por los aullidos inquietos de Oliver. Me desperté de golpe con el susto en el pecho de quién cree que un ser querido está en peligro. Instintivamente busqué a Oliver con la mirada, pero no estaba en su camita. En su lugar, me observaba desde el lado de la mía con su cuerpecito a medio camino entre el suelo y el somier.

—Oliver, no —le dije y le llevé de vuelta a su camita.

Oliver parecía empeñado en seguirme a nuestra cama, corriendo entre mis talones y mordiéndome los tobillos.

—Oliver, no —repetí. Y volví a dejarlo en su camita. Acerqué la manta que nos había regalado Michaela y que olía a sus hermano y pensé—: ¿Es porque les echas de menos?

Oliver había dejado de aullar. Aún así, acababa de meterme en la cabeza la idea de que pudiera echar de menos a sus hermanos y mamá, y me invadió la angustia. Decidí coger mi almohada y acostarme junto a él en su camita.

El suelo estaba frío y resultaba algo incómodo, pero Oliver parecía haberse calmado y consideré la idea de pasar la noche ahí.

—¿Vas a dormir en el suelo? —me preguntó El Belga que se había despertado también a causa de los aullidos.

—Creo que sí —contesté.

—¿Qué te parece si hacemos turnos?

—Vale —le sonreí y volví a recostar mi cabeza sobre la almohada.

Cuando Oliver por fin se hubo dormido traté de regresar a la cama, pero sin mucho éxito. Oliver se percató de mi ausencia y en seguido volvió a aullar.

—¿Le subimos a la cama? —me preguntó El Belga.

Había leído centenar de libros y artículos sobre cómo adiestrar correctamente a tu cachorro. Qué cosas podías hacer y qué otras debías evitar. Subirle a la cama era sin duda una de las segundas.

—Está bien, pero solo por esta vez —dije sin oponer mucha resistencia y con un atisbo de emoción en la voz.

Un año después, Oliver siguió durmiendo en la cama con nosotros. Un año increíble de crear momentos, de ropa llena de pelos, calcetines agujereados y tardes en el parque. Un año de aprendizaje, de crecimiento personal y, si era posible, de disfrutar y amar aún más esta ciudad junto a él.