Desde que leyera a Osho por primera vez, he vivido cada día asimilando y tratando de poner en práctica cada una de sus palabras, pero no ha sido tarea fácil. Vine a Praga con la intención de encontrarme a mí misma. De descubrir quien soy en realidad. Necesitaba alejarme de todas esas cosas que han formado parte de mi vida y que de algún modo me han condicionado siempre. Necesitaba irme lejos para poder ver las cosas con perspectiva y quizá así descubrir finalmente quién soy en realidad. No la chica de Cambrils, no la hija de mis padres, la amiga de mis amigos, ni la novia de D. Pero lo que acabé descubriendo de mí misma no era lo que esperaba en-contrar. Sabía que estaba perdida. Indecisa. Que no sabia lo que quería de la vida ni apreciar las cosas buenas que tenia. Pero descubrí que estaba aún  más perdida de lo que creía y desde aquí, los defectos pesan más. 

He estado enfadada tanto tiempo que ya no se como desprenderme de esta rabia que ha crecido dentro de mí, ni cuando empezó. Enfadada con la gente, con la vida, con mis padres, mis amigos y enfadada con D. Pero ahora entiendo que es solo conmigo con quien estoy furiosa. Y ese odio tan profun-do y subconsciente poco a poco, sin darme cuenta, ha estado envenenándome por dentro hasta enfermar. 

Leí el otro día un artículo en el que hablaban de  Sylvia Path, una escritora y poeta americana que un día escribió en su diario:

"En mí vive un grito

Por la noche aletea

buscando con sus garras, un objeto de amor

me aterroriza el algo oscuro

que duerme en mi interior".

A lo largo de mi vida y de todas las experiencias que he acogido, he llegado a la conclusión de que la normalidad es una mera cuestión de consenso. Es decir, si mucha gente piensa que una cosa está bien: esta será correcta, entonces esa cosa pasa a estar bien y a ser correcta. Así de sencillo. Cada ser humano es único, con sus propias calidades, instintos, formas de placer y búsqueda de aventura. Pero la sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar, y las personas no se detienen para preguntarse por qué es necesario que se comporten así. Se limitan a aceptarlo. Pero existe un momento en la vida de algunas personas, como en la mia, en la que se roza el límite. Y una vez alcanzado este límite, solo se requiere de un detonante –por muy insignificante o relevante que sea–, para hacernos estallar en mil pedazos. Un “ya no te quiero”, verla desaparecer entre la gente, un oso de peluche envuelto en papel kraft, un whatsapp en la medianoche o un beso inesperado.

Dicen que el ser humano tiende a la destrucción de si mismo, en la que deja que sea su mente quien le domine, dejándose llevar por los miedos, las neurosis y la inseguridad. Alcanzado ese punto, no somos capaces de afrontarlas y nos encerramos en nosotros mismos. Pero yo no estoy loca. Y, si lo estoy: los locos son los cuerdos y la sociedad la que está loca. Una locura regida por convencionalismos y una falsa cordura construida para ayudar a los "saludables" a sentirse "normales".
 

“Estar loco no es ser diferente. Es ser como tú o como yo pero amplificado. Si alguna vez has dicho una mentira y te ha gustado, o si alguna vez has querido ser un crío para siempre”.
SUSANNA KAYSEN,
Inocencia Interrumpida, 1999

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