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Dicen que cuando pierdes a alguien a quien quieres, te acuerdas de los detalles más pequeños que en su momento no diste importancia. Como el olor de su champú recién bañado, lo suave que era el pelo entre el hueco de sus dedos, los rizos de sus orejas y ese sonido divertido que hacia cuando soñaba que cazaba ardillas

La mañana del 1 de marzo de 2012 volví a echar de menos Tango. Esta vez porque había terminado de tomar mis cereales y no vendría a implorarme porque le diera la leche sobrante de mi tazón. Entonces, mi madre nos propuso a mi hermano y a mi que les acompañáramos al supermercado aquel medio día. Como si un paseo al supermercado fuera a levantarme el ánimo. Pero, por caprichos del universo, así fue; pues aquel día conoceríamos a Galatea.

El día que conocí a Gala fue un día cualquiera. Un día tan cual-quiera como el día que mis padres decidieron ir al supermercado a comprar sal marina. No sé por qué decidieron ir aquella tarde a aquel supermercado, ni por qué creían que merecía la pena recorrer 20 km solo por sal, pero fuera lo que fuese aquel día corriente mi hermano y yo accedimos a acompañarles. 

Llegamos al supermercado. Era un supermercado grande, de esos que tienen departamento de ropa, música y electrodomésticos para la casa en un mismo almacén. Johnny y yo mirábamos ofertas de CD’s de música mientras esperábamos a nuestros padres que deambulaban perdidos entre las secciones de especias y productos extranjeros. Más tarde, mi madre me llamó al móvil y me dijo que ya habían terminado y que nos esperaban fuera. Les encontramos en la salida del supermercado mirando a través del escaparate de una tienda de animales, de esas que ahora están prohibidas para evitar fomentar la venta irresponsable de cachorros. Mis padres observaban a una pequeña cocker spaniel corriendo por entre los sacos de pienso de la tienda. Se parecía tanto a Tango salvo porque ella tenia las orejas más largas que jamás había visto y su pelaje estaba cubierto de una desordenada composición de pecas. 

 

Entramos a conocerla. «Solo vamos a curiosear», había dicho mi madre. Pero en cuando sostuvo la perrita en sus brazos todo cambió. La perrita rodeó sus patitas alrededor del cuello de mi madre y encajó su hocico bajo su barbilla. Nunca antes había visto a un perro encajar tan bien en los brazos de alguien.

—¿Quieres sostenerla? —me preguntó mi madre.

Antes de que tuviera tiempo a contestar la tenía sujeta en mis brazos y, al igual que había hecho con mi madre, la perrita me rodeó el cuello con sus patitas y ocultó su hocico bajo mi barbilla. Sentí su cálido aliento contra mi clavícula y las suaves papitaciones de su corazón contra mi pecho. Pesaba 8 kg, los mismos que pesaba Tango la última vez que le llevé en brazos.

—Nos llegó a la tienda en Navidades —nos comentó la depen-dienta—, pero ya tiene siete meses y nadie la quiere porque ya no parece un cachorro. Así que he oído que la van a llevar de vuelta a la granja de donde viene para que críe —nos explicó indignada.

Me sentí horrorizada al oír aquello. ¡No podíamos permitirlo! Vol-vimos a dejar a la perrita con la dependienta y salimos fuera para hablar. Nada de todo aquello sonaba correcto, pero dejarla ahi tampoco lo era. Minutos después, regresamos dentro, firmamos los papeles de su custodia, pagamos por ella y nos la llevamos a casa. Sé lo que pensarás, pero te gustará saber que la tienda cerró meses después tras prohibirse la venta de mascotas en tiendas y Gala nunca tuvo que regresar a esa horrible granja.

De cachorro, Gala era asustadiza. No avanzaba más de cinco metros sin controlar que siguieras detrás de ella. Caminaba con las patas traseras encorvadas, deformadas por haber crecido en una jaula de cristal, y se asustaba de las sombras de los pájaros que volaban sobre ella. Era glotona con su comida y, cuando descubrió la humana, aún más. De hecho, esa es una cualidad que no ha cambiado. Pronto descubrimos que su mayor perdición era la sandía y, aunque era risueña y algo perezosa, cuando escuchaba la nevera abrirse y el ruido del papel celofán, no había nada a su paso que pudiera detenerla por una rodaja. 

Estábamos incondicionalmente enamorados de ella y, de algún modo, conservaba el recuerdo de Tango sin que este doliera tanto. De hecho, era como si él nos la hubiera traído pues, curiosamente, Gala tiene una peculiar mancha en la cola con la forma de una «T».

Una mañana, sentada sobre la taza del baño, trataba de curar las ampollas de mis pies ocasionadas por una noche de fiesta y sandalias baratas. Galatea me observaba curiosa desde el marco de la puerta e inclinaba la cabeza hacia un lado cada vez que me oía maldecir. Salí del baño hacia la cocina para tirar los restos de las tiritas en la papelera y cuando me giré, ahí estaba de nuevo. La pequeña Galatea me había seguido hasta la cocina y me observaba ahora desde el suelo.

—¿Me estas siguiendo? —la pregunté. Galatea empezó a mover la colita agitadamente contenta por la repentina atención—. Está bien… —y empecé a moverme despacio para salir de la cocina y dirigirme al salón.

Como imaginé, Galatea venía detrás de mí a paso torpe y contoneando exageradamente las caderas. Me senté en el sofá y ella hizo lo mismo. Esperé unos segundos y volví a levantarme para dirigirme, esta vez, al porche y luego al jardín. Galatea seguía cada unos de mis pasos como una sombra y, cuando me daba media vuelta para sorprenderla, movía la cola alegremente.

 

—Así que, sí que me estas siguiendo, ¿eh?

Di una vuelta al jardín y empecé a acelerar el paso hasta que le resultó difícil seguir mi ritmo y, cuando no me vio, me escondí detrás de un rosal. Me arrepentí al segundo de hacerlo pues la pequeña Galatea empezó a llorar al no encontrarme mientras miraba nerviosa de un lado a otro golpeándose la carita con sus largas orejitas.

—¡Estoy aquí! —le grité saliendo de mi escondite—. Estoy aquí, Gala. No llores —en cuento me vio, Galatea vino corriendo hacia mi moviendo, nuevamente, la colita sin parar. Me senté en el suelo junto a ella y Gala se acomodó en el hueco de mis piernas cruzadas sin importar lo incómodo que era. Aquello me hizo sonreír—. Si que eres cariñosa tú, ¿eh? —el suelo estaba sucio tras la lluvia de la noche anterior y se me estaban manchando de barro los pantalones cortos del pijama; aun así, no me atreví a moverme. Galatea se había quedado dormido sobre mis piernas y no quise despertarla. Nos quedamos así un tiempo, sentadas en el suelo del jardín con Galatea durmiendo sobre mi regazo. 

Sin duda, ella no era como Tango.
Era una nueva perra, una nueva vida
y un nuevo comienzo
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LANTA ANIMAL

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