Notas viejas

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Aunque era octubre, parecía que ya había llegado el invierno a Praga al notar la brisa helada darme en la cara al salir del aeropuerto. Mi hermano me esperaba con un amigo. Me ayudaron con la maleta y cogimos un autobús dirección a su residencia. En lo que duró el trayecto, Johnny y su amigo me pusieron al corriente de la fiesta de la noche anterior y de la vida nocturna en general de Praga. Me hablaron de la universidad, las clases y de la gente que habían conocido, así como de los viajes que tenían pendientes de hacer. Entonces oímos decir por megafonia: 'Konečná zastávka: Strahov'. Habíamos llegado a nuestra parada.

Bajé tras de ellos con mi maleta y observé detenidamente a mi alrededor. Había oscurecido. «¿Cómo es posible? Son las cinco de la tarde», pensé. A mi izquierda había un inmenso estadio de fútbol con la fachada deteriorada y decorada con grafitis que hablaban sobre comunismo y revoluciones (o lo poco que conseguí entender) y en frente, elevándose ante mí, dos torres inmensas con una parpa-deante luz roja en lo alto. La gente caminaba en silencio, unos detrás de otros en dirección a unos bloques de edificios dispuestos en filas y enumerados del 1 al 13. Nuestro bloque era el número 3.

Siempre recordaré el escalofrío que me recorrió la espalda la primera noche que llegué a Praga. Aquella noche tuve la sensación de ser unos de los personajes de George Orwell y que las dos torres que se elevaban ante nosotros, con su intermitente luz roja, era el Gran Hermano recordándonos que está siempre observando. 

No fue la mejor primera impresión de la ciudad. Claro que imagi-nación tampoco me faltaba. Pero con el paso de los días descubrí otra versión de ella que me encantó.

Al día siguiente, mi hermano y yo quedamos con Marta: mi amiga del colegio.

Habíamos perdido un poco el contacto desde la univer-sidad. Diferentes ciudades, grupo de amigos y rutinas, pero en cuanto supe que venia a la ciudad sabía que tenía que quedar con ella.

Marta se ofreció a hacernos un tour por la ciudad. Empezamos por Staroměstské náměstí donde nos compramos un dulce típico llamado Trdelník y esperamos a ver el reloj astronómico sonar; seguimos por la calle de las tiendas de lujo hasta llegar al Barrio Judio y sus sinagogas; continuamos por el Puente de Carlos y, desde ahí, nos detuvimos a observar el Castillo de Praga ilumi-narse.

Marta nos explicó todos los datos históricos y las leyendas más oscuras de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Recordé que siempre se le habían dado bien la historia y resultaba que la ciudad estaba llena de secretos. Poco después, sugirió que me quedara con ella en su piso el resto de mi visita. Tenía un colchón supletorio en su habitación, más espacio y más cerca del centro. Aun así, quedábamos todos los días con mi hermano después de sus clases en la universidad y cada noche había un plan.

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Fuimos a cenar al centro, cerca de una larga avenida peatonal llamada Můstek, a un resturante donde las bebidas eran traídas por un tren en miniatura que iba circulando por todas las mesas del local. Entonces, una de las compañeras de clase de mi hermano mencionó una fiesta de Halloween que se organizaba aquel fin de semana. Por lo visto, todo el mundo hablaba de ella. Se había vuelto legendaria y cada año las colas para entrar eran más largas y las entradas más caras.

—Esa fiesta suena muy bien —me dijo Marta de camino a casa—. Podríamos ir.

—Mi vuelo es justo por la mañana.

—Y, ¿por qué no lo pospones? Total, tampoco es que debas volver ya, ya.

Marta tenía razón. No debía volver «ya, ya». Encontrar trabajo en España me estaba resultando más frustrante de lo que me esperaba y llevaba ya semanas esperando una llamada de teléfono que no llegaba; así que, no fue difícil convencerme. Además, la ciudad me estaba encantado y deseaba quedarme un poco más. 

Aquella noche, de regreso en la habitación de Marta, hice un Skype con mis padres y les avisé que me quedaba una semana más, pero esa «semana más» se convertiría en tres años, un piso nuevo en Vinohrady con Marta y un puesto de trabajo en la compañía de cerveza más grande del mundo.

La vida en Praga era increíble. Cada día era una aventura. Un día tomábamos cerveza en el Vzorkovna (o el «bar del perro» como solíamos llamarlo), donde un perro de dimensiones gigantescas se paseaba por las mesas sorteando a cualquiera que se atreviera a tocarle. Otro día, nos colábamos en una fiesta universitaria con mi hermano y sus amigos o nos sentábamos en la colina en Riegrovy Sady, con mantas y pica-pica, a ver la puesta de sol junto al castillo de Praga. Cada día había un evento nuevo en la ciudad, un local nuevo que visitar y una excusa nueva que celebrar.

Marta y yo siempre habíamos sido muy distintas. No tenemos el mismo gusto en películas, libros, música ni estilo de vestir. No tenemos los mismos hobbies ni amistades. Incluso el chico que a ella le parece atractivo a mí me parece repeinado o inmaduro, y el que me gusta a mí a ella le parece presuntuoso o «dema-siado guiri». Por no tener, no tenemos ni similitudes físicas: ella morena y de pelo rizado y yo rubia de pelo lacio. Ella es de ideas descabelladas y yo de poner los ojos en blanco siempre que me incluye en uno de sus planes. De cojines color pistacho y yo de: «ni se te ocurra que no van a juego con el sofá». Pero supongo que a veces las amistades son así: funcionan y punto. Como hechas la una para la otra, Marta mataba las arañas de mi habitación (aunque fuera despertándola a las 3 de la madrugada) y yo escuchaba sus historias de amor una y otra vez entre copas de Chardonnay.

 

Todas las mañanas nos despertábamos escuchando la alarma de la otra y luego su repertorio musical mañanero. La «playlist» de Marta iba de «Ain’t Your Mama» de Jennifer López al musical de The Wicked. La mía, de los clásicos de Elton John al remix de «I Follow Rivers» de Lykke Li. Luego, salíamos al mismo tiempo de casa y caminábamos juntas al metro. Pero las veces que una se quedaba dormida, la otra la despertaba y le dejaba luego un Post-It en la puerta de la nevera deseándole un buen día.

Nos dejábamos notitas por toda la casa y por cualquier motivo, desde recordándonos que regáramos las plantas, avisándonos que no llegábamos a cenar o que había un brownie extra en la nevera recién compardo en Marthy’s Kitchen. Luego, cuando llegaba el viernes noche, bailábamos en el salón de casa las canciones más cutres de reggaetón y salíamos de fiesta para después escuchar las mismas canciones en los locales del centro. Los sábados íbamos a desayunar al Globe o a Kavárna Zanzibar junto con un coctel de ibuprofeno y los domingos los pasábamos en el sofá decidiendo qué nueva película de Pixar íbamos a ver. 

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Mudarme a Praga y alejarme de todas aquellas
cosas que siempre habían formado parte de mi vida y que, de algún modo, me habían condicionado: me proporcionaba cierta perspectiva. Comprendí que solo yo era responsable de mi propia felicidad y aprendí, poco a poco, a perdonarme por las cosas que me hice a mi misma en el pasado y
a aquellos a mi alrededor

Empecé a conocer esta nueva versión de mi misma en esta ciudad. Solo tenía que rechazar todas aquellas cosas que me hacían daño, que no me convenían o que no me aportaban nada más como las amistades fortuitas, falsas o interesadas; debía ignorar la rutina de un trabajo que no me motivaba o el ruido ensordecedor de una ciudad que no duerme nunca; y, entonces, podía encontrar paz en el corazón de un parque en el barrio de Malá Strana, en una ruta entre los bosques de Beroun, leyendo sola en un cafetería en Krymská y en un concierto de Elton John en el preciso momento en el que sonaba “Don’t Let The Sun Go Down On Me”. Estas son las pequeñas cosas donde encuentro la felicidad.

No deben ser planes especialmente grandes, a veces con pequeñas acciones ya sirve. Así fue como conocí a Barbie.

Llevaba un año viviendo en Praga. Empapándome de cada nueva experiencia en el proceso de encontrarme a mí misma, pero sentía que tenía mi lista algo olvidada y ya era hora de ver qué era lo siguiente en ella.

Aunque vivir en el extranjero estaba siendo una aventura increíble, echaba de menos a mis padres, a mi hermano y, sobretodo, a Galatea. No recordaba mi vida antes de tener un perro y, el día a día en la ciudad, a veces se me antojaba solitaria. Echaba de menos el peso del cuerpo de Galatea sobre mis piernas, la constante atención de cariño y los paseos por la playa. Traérmela a Praga era algo indiscutible para mis padres, y tener mi propio perro: impensable. Al menos, no por el momento.

Tras investigar y hablar con «una amiga de una amiga que conoce a otra amiga», conseguí ponerme en contacto con una veterinaria, a las afueras de Praga, que buscaba voluntarios.

Se trataba de ayudar acogiendo temporalmente a algunos de sus perros y/o gatos hasta que se les encontrara un hogar. Marta y yo acogimos a Barbie, una Dóberman Pinscher de dos años, 30 kg de peso y con luxación de la rótula en las dos patas traseras. 

Barbie era cariñosa, agradecida y obediente, pero —a diferencia de Tango y Galatea que los tuvimos desde cachorros—, adiestrarla fue todo un reto. Desde enseñarla a llevar el bozal, subirla al transporte público, acostumbrarla a las multitudes y los sonidos de la ciudad en general. Enseñarla a que hacer pipí fuera estaba bien, pero en casa: mal. Incluso, a bañarla en una ducha de un metro cuadrado y no terminar empapada en el intento. Pero, según nuestro contrato de alquiler, no se nos estaba permitido tener animales en el piso.

Cada mañana, antes de sacar a Barbie a su paseo matutino, debíamos asegurarnos de que el rellano estuviera despejado, bajábamos las escaleras rápido y saltábamos del portal a la calle finjiendo que no vivíamos ahí o que solo estábamos de paso. Alguna vez, nos cruzábamos con un vecino en la entrada y Marta fingía ser una amiga de visita y que Barbie era su perra. Otras veces, simplemente, salíamos corriendo y nos escondíamos tras la puerta de casa rogando no haber sido vistas. 

Conseguimos ocultar a Barbie de nuestros vecinos y propietaria los 7 días que duraron mis vacaciones hasta que tuve que volver a la oficina y dejarla sola en casa. No la había preparado para aquello y, una vez bajado del metro y de camino a la oficina, mi móvil sonó. Había recibido un email de la propietaria que decía: «Sabemos que tenéis un perro. Lleva una hora ladrando sin parar. ¡No podeis tener animales en el piso! Así que, como no os hagáis cargo de él, os tendréis que marchar. Escoged: El perro o el piso». 

En otra circunstanias de mi vida habría escogido el perro. Aun así, aquella tarde llamé a Jana (de la veterinaria) y le conté lo sucedido. Una hora después, vino a recoger a Barbie en su coche y tuve que despedirme de ella para siempre. Aquello me partió el corazón. ¿Cómo podía quererla tanto en tan poco tiempo?

 

Un mes más tarde, Jana me dio la gran noticia de que Barbie había sido adoptada y que vivía feliz con una familia a las afueras de la ciudad. De repente, todo cuanto habíamos hecho por ella —aunque hubiera sido por escasos días—, había merecido la pena.

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Cuidar de Barbie había sido una de mis mayores y más satisfactorias experiencias, aun conociendo el riesgo a echarla de menos. Era el acto más desinteresado y generoso que había hecho nunca y, por el otro lado, el que más me había aportado. Más que el dinero o el reconocimiento. Además, aliviaba un poco la angustia de no estar cerca de mi Galatea. Pero sin Gala y sin Barbie, me sentía vacía y frustrada. Descubrí que me gustaban los perros más de lo que creía y que cuidar de ellos me proporcionaba la felicidad, la estabilidad y la motivación que tanto anhelaba. No poder tener perros en el piso no debía impedirme poder seguir siendo volun-

taria y colaborar en proyectos que ayudaran a otros perros en busca de un hogar. ¡Tenía un nuevo propósito! Fui mamá de acogida, paseadora de perros y fotógrafa canina. Incluso, tras correrse la voz, empecé a cuidar de los perros de los amigos de Marta y míos cuando estos se iban de vacaciones.

 

Ser voluntaria a tiempo parcial y cuidar de los perros de mis amigos los fines de semana me hacía sentirme útil, productiva y feliz, pero no daría el gran paso como voluntaria hasta pasado un año y con un billete de avión con destino a Tailandia.

LANTA ANIMAL WELFARE

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