Notas viejas

Praga Pt. 1
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Aunque era octubre, parecía que ya había llegado el invierno a Praga al notar la brisa helada darme en la cara. Mi hermano me esperaba a la salida del aeropuerto. Me ayudó con la maleta y cogimos un autobús dirección a su residencia. En lo que duró el trayecto, Johnny me habló de la universidad, las clases y de la vida en general en la ciudad. Entonces, oímos decir por megafonía: «Próxima parada: Strahov».
¡Habíamos llegado!

Siempre recordaré el escalofrío que me recorrió la espalda la primera noche que llegué a Praga. No fue la mejor primera impresión de la ciudad. Pero, con el paso de los días, descubrí otra versión de Praga que me cautivó.

Quedé con Marta: mi amiga de la infancia, que se había mudado a Praga hacía un año y que se ofreció a hacernos una ruta por la ciudad.Empezamos por Staroměstské Náměstí donde nos compramos un dulce típico llamado Trdelník y esperamos a ver el reloj astronómico sonar cuando se hizo en punto. Seguimos por la calle de las tiendas de lujo hasta llegar al Barrio Judío y sus sinagogas. Continuamos por el Puente de Carlos y, desde ahí, nos detuvimos a observar el Castillo de Praga iluminarse. Desde ahí, Marta me explicó todos los datos históricos y las leyendas más oscuras de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Recordé que en el colegio siempre se le había dado bien la historia y resultaba que la ciudad estaba llena de misterios.

Poco después, Marta sugirió que me quedara con ella en su piso el resto de mi visita. Tenía un colchón supletorio en su habitación, más espacio y situada más cerca del centro. Acepté. Pero seguímos quedando todos los días con mi hermano después de sus clases en la universidad pues cada noche había un plan.

La semana pasó increíblemente rápida y, en mi última noche en la ciudad, fuimos a cenar a uno de los restaurantes en la avenida de Můstek. Durante la cena, una de las compañeras de clase de mi hermano mencionó una fiesta de Halloween que se organizaba aquel fin de semana. 

—Esa fiesta suena muy bien —me dijo Marta una vez de camino a casa—. Podríamos ir.

—Pero mi vuelo es mañana —contesté.
—Y, ¿por qué no lo pospones? Total, tampoco es que debas volver ya, ya.


Marta tenía razón. No debía volver «ya, ya». Encontrar trabajo en España me estaba resultando más frustrante de lo que me esperaba y llevaba semanas esperando una llamada de teléfono que no llegaba. Así que, aquella noche, de regreso a mi colchón supletorio, hice un Skype con mis padres para advertirles que me quedaba una semana más en Praga. Pero esa semana más se convertiría en tres años, un piso nuevo en Vinohrady y un puesto de trabajo en la compañía de cerveza más grande del mundo.

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La vida en Praga era increíble. Cada día era una aventura nueva.

Un día tomábamos cerveza en el Vzorkovna (o el «bar del perro» como solíamos llamarlo), donde un perro de dimensiones gigantescas se paseaba por las mesas sorteando a cualquiera que se atreviera a tocarlo. Otro día, nos colábamos en una fiesta universitaria con mi hermano y sus amigos; o nos sentábamos en la colina en Riegrovy Sady, con mantas y cervezas, a ver la puesta de sol junto al castillo de Praga.

Cada día había un evento nuevo en la ciudad, un local nuevo que visitar y una excusa nueva para celebrar.

Durante tres años vi Praga nevar a través de mi ventana, deshojarse en otoño y volver a florecer verde en primavera y verano. Y junto a las estanciones, aprendí a perdonarme, entender, aceptarme y fluir; hasta que, poco a poco, llené esa habitación oscura con luz natural que pintó mis paredes de blanco.

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Durante tres años llené esa habitación de recuerdos, anécdotas y viviencias que colleccioné de la ciudad y los compartí con orgullo. Aprendí a valorar la relación con mi familia y a apreciar los amigos de verdad que son pocos. Como Marta.

Marta y yo habíamos sido mejores amigas en el colegio junto con Nati, Cristina y Elena. Pero la universidad nos distanció debido a los destinos, las nuevas rutinas y los amigos.

Siempre habíamos sido distintas. No teníamos el mismo gusto en películas, libros, música ni estilo de vestir. No teníamos las mismas aficiones ni amistades. Incluso el chico que a ella le parecía atractivo a mí me parecía repeinado o inmaduro; y el que me gusta a mí, a ella le parecía chulito o «demasiado guiri». Por no tener, no teníamos ni similitudes físicas: ella morena y de pelo rizado y yo rubia con el pelo lacio. Ella era de ideas descabelladas y yo de poner los ojos en blanco siempre que me incluía en uno de sus planes. De cojines color pistacho y yo de: «ni se te ocurra que no van a juego con el sofá».

Pero supongo que a veces las amistades son así: funcionan y punto.

Todas las mañanas nos despertábamos escuchando la alarma de la otra y luego su repertorio musical mañanero. El de Marta iba desde Ain’t Your Mama de Jennifer López al musical de The Wicked; y la mía, de los clásicos de Elton John al remix de I Follow Rivers de Lykke Li. Luego, salíamos al mismo tiempo de casa y caminábamos juntas al metro.

Las veces, en cambio, que una se quedaba dormida, la otra le dejaba una nota deseándole que tuviera un buen día. Adquirimos ese hábito y pronto llenamos la puerta de la nevera con papelitos y notas adhesivas.

Nos dejábamos notas por toda la casa y por cualquier motivo. Desde recordándonos que regáramos las plantas, avisándonos que no llegábamos a cenar o que había un brownie extra en la nevera recién traido de Marthy’s Kitchen.

Cuando llegaba el viernes noche, bailábamos en el salón de casa las canciones más cutres de reggaetón y salíamos de fiesta para escuchar después las mismas canciones en los locales del centro. Los sábados íbamos a desayunar al Globe o a Kavárna Zanzibar junto con un coctel de ibuprofeno y los domingos los pasábamos en el sofá decidiendo qué nueva película de Disney íbamos a ver. Otras veces, nos íbamos al lago de Slapy, tomábamos el sol en Riegrovy Sady, paseábamos por el mercado de Náplavka y comprábamos tulipanes; visitábamos una tienda de segunda mano, bebíamos cerveza en el Beer Garden de Letná, caminábamos hasta el mirador de Vyšehrad o escuchábamos un concierto arriba en el Metrónomo.

Cabe mencionar que, a esas alturas de convivencia, Marta y yo habíamos desarrollado una telepatía que hacía que muchas veces supiéramos lo que la otra estaba pensando con solo una mirada o un chasquido de dedos. Como cuando sabíamos que aquella noche tocaba McDonald’s por no haber descongelado el pollo o que la película que estábamos viendo era un coñazo y que a ver Frozen, por enésima vez, no era tan mala idea.

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Mudarme a Praga y alejarme de todas aquellas cosas que siempre habían formado parte de mi vida y que, de algún modo, me habían condicionado: me proporcionaba cierta perspectiva. Comprendí que solo yo era responsable de mi propia felicidad y aprendí, poco a poco, a perdonarme por el daño que me había causado a mí misma.

Empecé a conocer esta versión de mí misma, más sana y más calmada, en la ciudad de Praga. Solo tenía que rechazar aquellas cosas que me hacían daño, que no me convenían o que no me aportaban como: las amistades superfluas, la monotonía en el trabajo o el ruido ensordecedor de una ciudad que no duerme; y entonces, encontraba paz en el corazón de un parque en el barrio de Malá Strana, en una ruta entre los árboles de Petřín, leyendo sola en una cafetería de Krymská y en un concierto de Elton John en el preciso momento en el que sonaba Don’t Let The Sun Go Down On Me. Estas eran (y siguen siendo) las pequeñas cosas donde encontraba la felicidad. No se trataban de planes especialmente grandes, a veces eran pequeñas acciones. Como cuando acogí a una perrita llamada Barbie.

Llevaba un año viviendo en la República Checa. Empapándome de cada nueva experiencia en el proceso de encontrarme a mí misma. Pero sentí que tenía mi lista algo abandonada y que era hora de retomarla por donde la había dejado. Aunque vivir en el extranjero estaba siendo una aventura increíble, echaba de menos a mis padres, a mi hermano y, sobre todo, a Galatea.

No recordaba mi vida antes de tener un perro y el día a día en la ciudad a veces se me antojaba solitaria. Echaba de menos el peso del cuerpo de Gala sobre mis piernas, su constante búsqueda de atención y los paseos por la playa.

Tras investigar y hablar con «una amiga de una amiga que conoce a otra amiga», conseguí ponerme en contacto con una veterinaria a las afueras de Praga que buscaba voluntarios.

Se trataba de ayudar acogiendo temporalmente a algunos de sus perros y gatos hasta que se les encontraba un hogar. Así fue como, Marta y yo acogimos a Barbie, una Dóberman Pinscher de dos años, 30 kg de peso y con luxación de la rótula en las dos patas traseras.

Barbie era cariñosa, agradecida y obediente, pero —a diferencia de Tango y Galatea que los tuvimos desde cachorros—, adiestrarla fue todo un reto. Desde enseñarla a llevar el bozal, subirla al transporte público, adaptarla a las multitudes y los sonidos; acostumbrarla a que hacer pipí fuera estaba bien, pero en casa mal; hasta bañarla en una ducha de un metro cuadrado y no terminar empapada en el intento. Pero acorde a nuestro contrato de alquiler, no se nos permitía tener animales en el piso. Así que, cada mañana antes de sacar a Barbie a su paseo matutino, nos asegurábamos de que el rellano estuviera despejado, bajábamos las escaleras rápido y saltábamos del portal a la calle fingiendo no vivir ahí. De vez en cuando, Marta y yo, nos cruzábamos con algún vecino y fingíamos estar de paso. Otras veces, en cambio, salíamos corriendo por el rellano y nos escondíamos tras la puerta de casa rogando no haber sido vistas.

Conseguimos ocultar a Barbie de nuestros vecinos y propietaria los 7 días que duraron mis vacaciones hasta que tuve que volver al trabajo y que dejarla sola en casa. No la había preparado para ello y, una vez llegué a la oficina, mi móvil sonó. Se trataba de un correo electrónico de la agencia que decía: «Sabemos que tenéis un perro. Lleva una hora ladrando sin parar. ¡Los animales no están permitidos! Así que, como no os hagáis cargo de él, os tendréis que marchar. Escoged: El perro o el apartamento».

En otra circunstanias de mi vida habría escogido el perro. Pero aquella tarde llamé a Jana, de la veterinaria, y le conté lo sucedido. Una hora más tarde, vino a recoger a Barbie en su coche y tuve que despedirme de ella para siempre.

Aquello me partió el corazón. No entendí cómo podía quererla tanto en tan poco tiempo, pero decidí no ignorar aquel sentimiento. Un par de meses después, Jana me comunicó que Barbie había sido adoptada y, con esa noticia, todo se volvió claro para mí.

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Cuidar de Barbie se había convertido en una de mis mayores y más satisfactorias experiencias, aun conociendo el riesgo a echarla de menos. Era el acto más desinteresado y generoso que había hecho nunca y, por el otro lado, el que más me había aportado. Más que el dinero o el reconocimiento. Sin contar que aliviaba, aunque fuera por un corto periodo de tiempo, la angustia de no estar cerca de mi pecosa Galatea. Pero sin Gala y sin Barbie, volví a sentirme incompleta y frustrada.

Descubrí que me gustaban los perros más de lo que creía y que cuidar de ellos me proporcionaba la felicidad, la estabilidad emocional y la motivación que tanto anhelaba.

¡Tenía un nuevo propósito!

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Ser voluntaria a tiempo parcial me hacía sentir útil, productiva y feliz. Pero no daría el gran paso como voluntaria hasta pasado un año y con un billete de avión con destino a Tailandia.

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