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Érase una vez

1989
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Nací un día de otoño de 1989. Mi madre descansaba en una habitación de hospital en Dublín (Irlanda) mientras, no muy lejos de ahí, mi padre compraba algo en una tienda llamada 'Tartine et Chocolat'. Aquella misma tarde, de regreso en la habitación, dejó junto a mi cuna un osito de peluche relleno de algodón

y ojos cristalinos al que llamó Óscar

Luchando contra los monstruos que me acechaban en la oscuridad y que amenazaban con pellizcarme los tobillos de los pies al bajar de la cama, Óscar se convirtió en mi Protector de Sueños.

Con el tiempo, y a medida que yo iba creciendo, más requería de sus servicios y pronto le subí de rango a Escudero Real. Vestida de princesa, con la tiara de boda de mi madre, una espada y unos escudos improvisados: Óscar y yo descubríamos reinos ocultos entre los árboles del jardín, combatíamos contra bestias imaginarias y rescatábamos pájaros de sus jaulas. Jugábamos toda la tarde recreando batallas en el jardín hasta que caíamos rendidos sobre la hierba, victoriosos, exhaustos y hambrientos.

 

La relación de un niño con su osito de peluche es, en cierto modo, mágica.Cuando somos pequeños creemos que podemos hablar con ellos y que ellos nos escuchan. El vínculo es tan fuerte que mantenernos separados, o pensar que puedan estar en peligro, nos causa angustia. Al fin y al cabo, aquel osito, se convierte en nuestro primer mejor amigo.

Mis padres siempre me cuentan la anécdota de cuando tenía un año y encontré a Óscar en la lavadora dando vueltas sin parar entre agua, calcetines y espuma. Una tarde, mi madre había querido lavar a Óscar después de que jugara con él en el jardín entre charcos de barro. Me lo había requisado mientras dormía y luego cruzado los dedos para que yo no me despertara antes de tiempo percatándome así de su ausencia. Desafortunadamente, lo hice y encontré a Óscar pegado contra el cristal del tambor de la lavadora, dando vueltas y vueltas sin parar, entre jabón y ropa sucia. Grité angustiada a mi madre con lagrimones en la cara para que salvara a mi amigo que se estaba ahogando. Y, un programa interrumpido y una hora de secador después, mi madre me entregó a Óscar algo más limpio y con un ligero olor a «mimosín». ¡Óscar estaba a salvo!

Óscar era muy propenso a meterse en líos. En otra ocasión, había quedado atrapado entre un montón de cajas en el fondo de un camión de mudanzas.

Por aquel entonces, mis padres preparaban el viaje de España al que iba a ser nuestro siguiente destino: Holanda. Uno de los chicos de la mudanza guardó erróneamente a Óscar en una de las cajas, la había precintado y déjalo en el fondo del camión que horas después se atestó de más y más cajas. Claro que, ¿cómo iba aquel chico a saber que ese osito de peluche era un miembro más de la familia Crane? Y que, como tal, tenía un asiento reservado en el coche especialmente para él.

Mis padres no se percataron de su ausencia hasta que, una vez sentados en el coche a punto de iniciar la marcha a Holanda, mi madre vio que Óscar no estaba. Yo dormía plácidamente en mi sillita. Pero el viaje era largo y solo era cuestión de tiempo que yo también me percatara de su ausencia, convirtiendo aquel viaje de 15 horas en el más largo de la historia de mis padres.

 

—No nos marcharemos hasta que encontremos a Óscar —advirtió mi madre.

Y una hora y 43 cajas después, mis padres encontraron a mi osito.

No me malinterpretes. No era una niña malcriada que lloraba cada vez que no tenía a su muñeco consigo. Tienes que saber que Óscar era mi mejor amigo. Yo le necesitaba y él me necesitaba a mí. Y con el tiempo, desde que mi padre lo dejara en la cuna aquella tarde en el hospital, Óscar se convirtió en un miembro más e irrefutable de la familia. Allá donde íbamos, venía él. Tenía su porción de sandía los días de calor, su lugar en la mesa y su dosis de besos de buenas noches antes de dormir.

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Llevábamos apenas un par de semanas viviendo en aquella casa y aún no me había acostumbrado a mi nueva habitación.

Una noche, cuando mi hermano y mis padres ya dormían, yo me incorporaba en la cama incapaz de conciliar el sueño. Eran muy comunes mis episodios de insomnio las primeras veces en una casa nueva. Así que, encendí mi linterna que guardaba bajo la almohada y busqué una pequeña cajita en mi mesita de noche. La abrí despacio para no hacer ruido y observé nostálgica las canicas que había guardado en ella. Echaba de menos España y echaba de menos a mis amigas. «¿Se acordarán ellas de mí?», me pregunté. Entonces, la cajita se me resbaló de las manos y las canicas cayeron esparciéndose por las sábanas, salvo una que cayó al suelo rodando luego hasta la oscuridad de debajo de la cama.

—No, no, no, no… —dije asomándome por el lateral de mi cama—. No alcanzo a verla y no puedo asomarme más —afirmé nerviosa mirando a Óscar. Solo él entendía lo arriesgado que era tratar de recuperarla.

Has de saber que, para aquel entonces, seguía creyendo en monstruos ocultos debajo de las camas, que salían por las noches amenazando con pellizcarte los tobillos.

Me incorporé de nuevo sobre mi colchón y guardé, algo triste, el resto de las canicas en la caja. La dejé sobre la mesita de noche y apagué la luz de mi linterna.

Traté de dormir. Pero algo me inquietaba. Un sentimiento que me resultó muy familiar. Los nervios en el estómago, los temblores en las manos y el sudor frío recorriéndome la nuca empapando la camiseta de mi pijama.

En la calle, los coches empezaron a proyectar luces a través de las cortinas de mi ventana formando sombras en la pared que se hicieron cada vez más y más altas. Estas subieron desde la pared inferior hasta el techo, creando figuras amorfas y aterradoras.

—No, otra vez no —exclamé asustada y me cubrí con las sábanas.

Tenía miedo y Óscar debió tenerlo también pues sus habilidades para consolarme en aquellas situaciones no surtieron efecto. Me quedé bajo las sábanas, apretando a mi osito fuertemente contra mi pecho y esperando a que, fuera lo que fuese aquella sombra, desapareciera. Estaba aterrada. Aun así, refrené mis deseos de saltar de la cama y correr a la habitación de mis padres para esconderme entre ellos.

—Tengo ocho años, ya soy mayorcita para dormir con ellos —le dije a Óscar no muy convencida. Así que ingenié un nuevo plan para, al menos, conseguir despertarles.

Todas las noches, antes de irnos a dormir, mi padre activaba la alarma en la primera planta. Solo debía hacerla saltar para así despertarles y ahuyentar al monstruo en mi habitación.

El plan era perfecto, salvo que —bajo ninguna circunstancia—, mis padres debían enterarse de que había sido yo. Me daba vergüenza reconocer que, a mi edad, aún le temía a la oscuridad y que necesitaba del consuelo de ellos. Como si hubiera una edad estipulada en la que debieras dejar de temerle a las cosas. Como si la valentía llegara innata de repente un día y no hubiera cabida a la debilidad.

No sabía quién había metido esa idea en mi cabeza. ¿Los otros niños en el colegio? Mis padres definitivamente que no. En cambio, ahí estaban: miedo y vergüenza.

Me avergonzaba de mi cobardía. Así que, si yo no podía ir a mis padres, ellos vendrían a mí. Cogí uno de mis peluches menos favoritos y lo tiré escaleras abajo esperando a que este hiciera saltar el sensor de la alarma. No lo hizo. Cogí otros muñecos y lo volví a intentar. Cinco peluches más tarde esparcidos por el suelo del recibidor y no alarma, me metí resignada en la cama de mis padres con Óscar bajo el brazo.

A la mañana siguiente, tuve que explicarles a mis padres qué hacían todos aquellos peluches tirados por el suelo.

—Es normal tener miedo, hija —me dijo mi madre con cariño—. La casa es nueva, tu habitación es nueva. Solo has de acostumbrarte a ella —me limpió la cara y arregló los mechones de mi pelo enmarañado—. Sé que son muchos cambios y que echas de menos a tus amigas, pero te prometo que te sentirás mejor. O ¿no te acuerdas lo asustada que estabas al principio cuando llegamos a España? —mi madre hizo una pausa y vio la expresión relajarse en mi rostro—.  Todo va a salir bien, cariño, porque estamos todos juntos: papá, tu hermano, Óscar y yo. Y si vuelves a tener miedo por la noche, pues vienes a nuestra cama… ¿Por qué crees que las camas de los papis son tan grandes? Para que entremos todos en ella.

"Grrr..., dijeron los monstruos cuando apagué la luz"
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